Un día en Jerusalén

  

 Casilda de la Hera

 

N

 ada dicen ocurre en Jerusalén bueno... eso es lo que dicen.
 
Pero quédate más de una semana y veras... 

He vivido una larga temporada en Abú Dis, un pueblecito palestino muy cercano a Jerusalén y cuanto hay que contar. 

¡Ah, que no pasa nada y eso quién lo dice!... 

Voy a describirte un día en la vida de una mujer u hombre, una joven o un joven, un niño o niña palestinos. 

Nuestro medio de transporte son unas pequeñas furgonetas, ahora, nunca llegas a tiempo a ningún lado, porque nunca se sabe donde va a ver una parada forzada, un cambio de ruta, porque la ruta habitual ha sido cortada por los judíos. 

Hoy es día normal, un día cualquiera voy a ir a la Puerta de Damasco, paro la furgoneta, me siento, comienza el recorrido, pero ... ¡qué sorpresa! No toma su camino habitual, el monte de los Olivos y coge por una cuesta, llena de curvas. Poco a poco... nos vamos alejando de nuestro camino y pregunto desconcertada: 

       ¿Fi al Quds? 

        Na'am‑ me contestan.                        

 

 

 

 

 

 

 

 

El camino parece haber terminado no hay más carretera, no hay salida, de pronto, la camioneta se acerca a un precipicio ¿por ahí vamos a bajar? Y sí claro que sí, bajamos dando tumbos por una pendiente polvorienta llena de piedras. De frente se vislumbra la cúpula del Aqsa, ¡cuanta belleza y cuanto desastre! 

Pero, ¿qué ocurre en el interior de la furgoneta? Miradas de complicidad, de miedo contenido... ¡Todos rezamos para que no suceda nada malo! Dos minutos

antes hemos tenido que abonar un chekel más por las vueltas dadas... 

Pienso, ¡pobre destartalada furgoneta! 

¿será su último trayecto? No existe adjetivo que califique el estar sometido al capricho y peso del "Imbécil" 

            Nueva escena: 

Son la una y media de mediodía vuelvo a casa en una furgoneta cualquiera. Mi coche está repleto de madres, chavales y estudiantes que vuelven a casa, tras realizar sus respectivas tareas. 

La furgoneta pasa sin problemas el ckeck point y continua su camino... de pronto se observa una gran humareda, estamos llegando a la gasolinera en donde se bifurca la carretera, que parte hacia Abu‑Dis. El furgonetero recula, da marcha atrás, no sabe que hacer, tiene su vehículo cargado de mujeres y escolares. ¿Qué hacer? Dos mujeres jóvenes, descienden, retroceden, seguirán andando. Por la calle de enfrente a fila de a seis bajan con metralleta cargada los soldados judíos, y cruzando nuestra carretera, en la calle de enfrente jóvenes palestinos, enarbolando su bandera, la cara tapada, lanzan piedras. El furgonetero ya ha tomado su decisión, pisa el acelerador a tope, son unos segundos, pero en el interior, ¿qué ocurre? Caras de pavor, a mi lado dos colegiales, una niña y su hermano algo mayor. La niñita es morenita, con unos ojos negrísimos expresivos, mira a los soldados judíos y rompe a llorar:


              Umi, Umi... 

  Es una escena desgarradora, vuelvo a casa contenta cargada de compras para el fin de semana, pero el momento ha podido conmigo, he cogido a la niña entre mis brazos la he acunado, calla... Pero nada puede

callar el dolor, el miedo, el terror... 

¿Son evaluables sus consecuencias? Me bajó del coche y lloró .... 

               Tercera imagen: sigo en la furgoneta, es viernes, vuelvo a casa, veo a un gran numero de hombres rezando en la bifurcación cortada al tráfico, son todos aquellos que por su edad no han podido entrar a la "Sagrada Mezquita" aquellos que sí han podido entrar salen tranquilos, con aire de sosiego, contentos a pesar de la constante vigilancia y la atenta mirada de un gran numero de jóvenes soldados. Piden pases... 

El semáforo se abre y la camioneta sigue su camino, a la derecha un cementerio palestino, observo espeluznada a soldados ‑no deben de tener más de 18 0 20 años‑ están sentados en una lápida, mascan chicles y fuman... Miradas aceradas en el interior de la furgoneta. Observo a mi alrededor, porque quiero saber que opinan mis compañeros de viaje, cejas levantadas, ira contenida, no lo puedo evitar y casi en voz alta, digo: ¡será posible¡ ¡¡¡marchaos, como os atrevéis!!! 

En Jerusalén, no pasa nada .... y siguen apareciendo escenas: ahora he cambiado la vieja furgoneta, por un coche de un profesor de Universidad, el recorrido: Belén‑Jerusalén. 

Check point de entrada a Jerusalén, nos piden los pasaportes, a nuestro amigo palestino lo mandan bajar del coche y abrir el maletero. Prácticamente a continuación nos lanzan los pasaportes a la cara, de muy mala manera... aquí no queda la cosa... 

¡No! Delante de nuestras narices, cinco coches más adelante, un soldado sucio y desarrapado, hace bailar y actuar a un palestino como si se tratase de una marioneta, o un payaso‑ ante su mirada divertida e irónica.

Aún hoy me preguntó, ¿hasta donde llegaran, Dios mío? Como olvidar... 

Nos dicen no pasa nada en Jerusalén... sólo estas pequeñas y durísimas cosas. 

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          Casilda de la Hera  Jáudenes
           Filóloga de Lengua Semítica