El día 29
de septiembre de 1982, la prensa colombiana publicó un artículo escrito por Gabriel
García Márquez, premio Nobel de Literatura 1982, que en esta edición reproducimos en
forma integra:
Beguin y Sharon, Premios "Nobel de la
Muerte".
Lo más increíble de todo es que Menájem
Beguin sea premio Nobel de la Paz. Pero lo es sin remedio aunque ahora cueste
trabajo creerlo desde que le fue concedido en 1978, al mismo tiempo que Anuar el
Sadat, entonces presidente de Egipto, por haber suscrito un acuerdo de paz separada en
Camp David. Aquella determinación espectacular le costó a Sadat el repudio inmediato de
la comunidad árabe, y más tarde le costó la vida. A Beguin, en cambio, le ha permitido
la ejecución metódica de un proyecto estratégico que aún no ha culminado. Pero que
hace pocos días propició la masacre bárbara de más de un millar de refugiados
palestinos en un campamento de Beirut. Si existiera el Premio Nobel de la Muerte, este
año lo tendrían asegurado sin rivales el mismo Menájem Beguin y su asesino profesional
Ariel Sharon.
En efecto, vistos ahora, los acuerdos de
Camp David no tendrían para Beguin otra finalidad que la de cubrirse las espaldas para
exterminar, primero, a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), y
establecer luego nuevos asentamientos israelíes en Samaria y Judea. Para quienes tenemos
una edad que nos permite recordar las consignas de los nazis, estos dos propósitos de
Beguin suscitan reminiscencias espantosas: la teoría del espacio vital, con la que Hitler
se propuso extender su imperio a medio mundo, y lo que él mismo llamó la solución final
del problema judío, que condujo a los campos de exterminio a más de seis millones de
seres humanos inocentes.
La ampliación del espacio vital del Estado
de Israel y la solución final del problema palestino tal como las concibe hoy el
premio Nobel de la paz de 1978 se iniciaron, en la noche del 5 de junio pasado, con
la invasión de Líbano por fuerzas militares israelíes especializadas en la ciencia de
la demolición y el exterminio. Menájem Beguin trató de justificar esta expedición
sangrienta con dos argumentos falsos. El primero fue la tentativa de asesinato del
embajador de Israel en Londres, Shlomo Argov, a finales de mayo. El segundo fue el
supuesto bombardeo de Galilea por la OLP, refugiada en Líbano. Beguin acusó del atentado
de Londres a la resistencia palestina y amenazó con represalias inmediatas. Pero Scotland
Yard reveló más tarde que los verdaderos autores habían sido miembros de la
organización disidente de Abou Nidal, que en los meses anteriores había asesinado
inclusive a varios dirigentes de la OLP. En cuanto al segundo argumento, se comprobó muy
pronto que los palestinos sólo dispararon dos o tres veces contra Galilea y causaron un
muerto. Los disparos fueron hechos como represalia por los bombardeos de Israel contra los
campos de refugiados palestino, que dieron muerte a varios centenares de civiles.
En realidad, la guerra sin corazón desatada
por Beguin con base en aquellos dos pretextos no era nada nuevo para los lectores de
semanario israelí Haclam Haze, que había anunciado con todos sus pormenores desde
septiembre de 1981. Es decir, nueve meses antes. Contra el refrán según el cual una
guerra avisada no mata a nadie, las tropas israelíes que se consideran entre las
más eficaces del mundo mataron en las primeras dos semanas a casi 30.000 civiles
palestinos y libaneses y convirtieron en escombros a media ciudad. Sus pérdidas en el
mismo período no habían pasado de trescientas.
Ahora la estrategia de Beguin es muy clara.
Al destruir a la OLP ha tratado de eliminar al único interlocutor palestino que parecía
capa de negociar una paz fundada sobre la base de la instalación de un Estado palestino
independiente en Cisjordania y Gaza, que el propio Beguin ha proclamado como territorios
ancestrales del pueblo judío. Ese acuerdo estaba al alcance de la mano desde el 4 de
julio pasado, cuando Yasir Arafat, presidente de la OLP, aceptó el principio de un
reconocimiento recíproco de los pueblos de Israel y Palestina, en una entrevista
publicada por Le Monde, de París, en aquella fecha. Pero Beguin ignoró esa declaración,
que entorpecía sus proyecto expansionistas ya en pleno desarrollo, y prosiguió con el
establecimiento de un cinturón de seguridad en torno de Israel. Un cambio de Gobierno en
siria podría ser el paso inmediato, con la extensión consiguiente de una guerra desigual
y sin cuartel, cuyas consecuencias finales son imprevisibles.
Yo estaba en París en junio pasado, cuando
las tropas de Israel invadieron Líbano. Por casualidad estaba también el año anterior,
cuando el general Jaruzelski implantó el poder militar en Polonia contra la voluntad
evidente de la mayoría del pueblo polaco. Y también por casualidad me encontraba allí
cuando las tropas argentinas desembarcaron en las islas Malvinas. Las reacciones de los
medios de comunicación ante esos tres acontecimientos, así como las de los intelectuales
y la de la opinión pública en general, fueron para mí una lección inquietante. La
crisis de Polonia produjo en Europa una especie de conmoción social. Yo tuve la buena
ocasión de agregar mi firma a la de los escogidos y muy notables intelectuales y artistas
que suscribieron la invitación para un homenaje al heroísmo del pueblo polaco, del
pueblo polaco, que se celebró en el Teatro del Ópera de París, patrocinado por el
Ministerio de cultura de Francia. Sin embargo, algunos anticomunistas profesionales me
acusaron en público de que mi protesta no fuera tan histórica como la de ellos. En aquel
clima pasional, toda actitud que no fuera maniqueísta se consideraba ambigua.
En cambio, cuando las tropas de Israel
invadieron y ensangrentaron Líbano, el silencio fue casi unánime aun entre los más
exaltados jeremías de Polonia, a pesar de que ni el número de muertos ni el tamaño de
los estragos admitían ninguna posibilidad de comparación entre la tragedia de los
países. Mas aún: por esas mismas fechas, los argentinos habían recuperado las islas
Malvinas, y el Consejo de seguridad de las Naciones Unidas no esperó 48 horas para
ordenar el retiro de las tropas ni la Comunidad Económica Europea lo pensó demasiado
para imponer sanciones comerciales a Argentina. En cambio, ni ese mismo organismo ni
ningún otro de su envergadura ordenó el retiro de las tropas israelíes de Líbano en
aquella ocasión.
El Gobierno del presidente Reagan, por
supuesto, fue el cómplice más servicial de la pandilla sionista. Por último, la
prudencia casi inconcebible de la Unión Soviética, y la fragmentación fraternal del
mundo árabe acabaron de completar las condiciones propicias para el mesianismo demente de
Beguin y la barbarie guerrera del general Sharon. Tengo muchos amigos, cuyas voces fuertes
podrían escucharse en medio mundo, que hubiera querido y sin duda siguen queriendo
expresar su indignación por este festival de sangre, pero algunos de ellos confiesan en
voz baja que no se atreven por temor de ser señalados de antisemitas. No sé si serán
conscientes de que están cediendo al precio de su alma - ante un chantaje
inadmisible.
La verdad es que nadie ha estado tan sólo
como el pueblo judío y el pueblo palestino en medio de tanto horror. Desde el principio
de la invasión a Líbano empezaron en Tel Aviv y otras ciudades las manifestaciones
populares de protesta que aún no han terminado, y que en el pasado fin de semana habían
alcanzado una fuerza emocionante. Eran mas de 400.000 israelíes proclamando en las calles
que aquella guerra sucia no es la suya porque está muy lejos de ser la de su dios, que
durante tantos y tantos siglos se había complacido con la convivencia de palestinos y
judíos bajo el mismo cielo. En un país de tres millones de habitantes, una
manifestación de 400.000 personas equivaldría en términos proporcionales a una de casi
treinta millones en Washington.
Es con esa protesta interna con la que me
siento identificado cada vez que conozco las noticias de las hostilidades de los Beguines
y los Sharones en Líbano, y en cualquier parte del mundo, y a ella quiero sumar mi voz de
escritor solitario por el gran cariño y la admiración inmensa que siento por un pueblo
que no conocí en los periódicos de hoy sino en la lectura asombrada de la Biblia. No le
temo al chantaje del antisemitismo, no le he temido nunca al chantaje del anticomunismo
profesional, que andan juntos y a veces revueltos, y siempre haciendo estragos semejantes
en este mundo desdichado.
(también publicado en el Libro Notas de
Prensa 1980-1984, Editorial Sudamericana)
Finalmente:
La idiosincrasia, costumbres y cultura del
pueblo palestino impiden utilizar y explotar este verdadero holocausto, para chantajes,
propaganda tendenciosa, etc., no obstante, es deber del mundo civilizado, no olvidar y
tomar conciencia, para que nunca mas y en ningún rincón de la tierra, vuelvan a suceder
hechos similares.
A pesar de la barbarie y el genocidio, vamos
a trabajar mas firmes que nunca por la paz, una paz justa, una paz donde se respete la
legalidad internacional.
Las demandas palestinas, absolutamente
todas, cuentan con el apoyo de la comunidad mundial y se ajustan a las resoluciones de la
ONU y su Consejo de Seguridad, tales como:
- Establecer el Estado Palestino
Independiente: Resolución 181
- El retorno de los Refugiados palestino:
Resolución 194
- El Retiro de las tropas israelíes de
todos los territorios ocupados, Res. 242, 338, etc.
En definitiva, lo que falta es honestidad y
coraje para aceptar una paz justa y duradera para todos.