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John Berger
La Otra Realidad
3-7-2002
Ciertos
árboles -especialmente las moreras y los nísperos- aún cuentan la historia
de cómo una vez, en otra vida, antes de la nakba, Ramallah fue para los
adinerados una población de ocio y esparcimiento, un lugar cercano a
Jerusalén para descansar durante el caliente verano, un centro vacacional.
La nakba es la "catástrofe" de 1948, cuando 10 mil palestinos fueron
asesinados y 700 mil se vieron forzados a abandonar su país.
Hace mucho tiempo las parejas de recién casados plantaban rosas en los
jardines de Ramallah como augurio para su vida futura juntos. El suelo de
aluvión le iba bien a las rosas.
Hoy no existe muro alguno en el centro de Ramallah, convertido en capital
de la Autoridad Palestina, que no esté cubierto con las fotografías de los
muertos, tomadas en algún momento de su vida, y que ahora se reimprimen
como pequeños carteles. Los muertos son los mártires de la segunda
intifada, que comenzó en septiembre de 2000. Los mártires son los que
murieron a manos del ejército y los colonos israelíes, y todos los que
decidieron sacrificarse en contrataques suicidas. Estos rostros
transforman las borrosas paredes callejeras en algo tan íntimo como la
cartera plena de papeles y fotos privadas. Una cartera que tiene un
compartimiento para la tarjeta de identificación magnética emitida por los
servicios de seguridad israelíes (sin la cual ningún palestino puede
viajar ni unos cuantos kilómetros), y otro compartimiento para la
eternidad. En torno a los carteles, los muros muestran las cicatrices de
las balas y la marca de las esquirlas de obús.
Está una anciana, que pudiera ser la abuela en muchas carteras. Están los
niños, apenas adolescentes, están tantos padres. Escuchar las historias de
cómo se toparon con la muerte es recordar lo que significa ser pobre. La
pobreza orilla a las decisiones más duras, ésas que casi no conducen a
nada. Ser pobres es vivir con ese casi.
La mayoría de los muchachos, éstos cuyos rostros tapizan los muros,
nacieron en campos de refugiados tan pobres como los cinturones de
miseria. Abandonaron pronto la escuela buscando ganar dinero para la
familia o ayudar al papá con su trabajo, si alguno tenía. Otros cuantos
soñaban con llegar a ser estrellas del futbol. Buen número de ellos
hicieron catapultas de madera tallada, cuerda trenzada y piel retorcida
para lanzarle piedras al ejército de ocupación.
Comparar las armas empleadas en tales confrontaciones nos retorna a lo que
significa la pobreza. De un lado helicópteros Apache y Cobra, F 16,
tanques controlados a distancia, jeeps Humvee, sistemas electrónicos de
vigilancia, gases lacrimógenos; del otro catapultas, resorteras, teléfonos
celulares y, en ocasiones, unos cuantos explosivos de fabricación casera.
La enormidad del contraste revela algo que puedo sentir entre estos muros
lacerados por la pena, pero que no puedo nombrar. Si yo fuera soldado
israelí, por muy bien armado que estuviera, me aterraría finalmente con
este algo. Tal vez es lo que atisbó el poeta Mourid Barghouti: "La gente
que vive se hace vieja, pero los mártires se hacen jóvenes".
Tres historias de los muros
Husni Al-Nayjar, 14 años de edad. Trabajó ayudando a su padre, que era
soldador. Mientras arrojaba piedras, le dispararon y murió con una bala en
la cabeza. En su foto su mirada es calma y se posa imperturbable en la
distancia.
Abdelhamid Kharti, 34 años de edad. Pintor y escritor. Cuando joven
recibió capacitación como enfermero. Como voluntario se sumó a una unidad
de urgencias médicas para rescatar y cuidar de los heridos. Su cadáver fue
hallado cerca de un puesto de revisión, después de una noche sin
confrontaciones. Le habían cortado los dedos. Todavía le colgaba un
pulgar. Le habían roto un brazo, una mano y la quijada. Tenía 20 balas en
el cuerpo.
Muhammad Al-Durra, de 12 años de edad, vivía en el campamento de Breij.
Regresaba a casa con su padre. Cruzaron el puesto de revisión Netzarin, en
Gaza, y les ordenaron bajar de su vehículo. Algunos soldados disparaban.
Ambos se cubrieron de inmediato tras una barda de cemento. El padre hizo
una señal con la mano para hacerles ver que estaban ahí y recibió un
impacto en la mano. Un instante después le dieron a Muhammad en el pie. El
padre cubrió a su hijo con su cuerpo. Más balas impactaron a ambos y el
niño murió. Los doctores retiraron ocho balas del cuerpo del padre. Quedó
paralizado a consecuencia de las heridas y ya no pudo trabajar. Hoy es un
desempleado. Como se filmó el incidente, su historia se narra una y otra
vez por todo el mundo.
Quiero hacer un dibujo para Abdelhamid Kharti. Muy temprano por la mañana
vamos al poblado de Ain Kinya. Más allá hay un campamento beduino, cerca
de un wadi. El sol no calienta todavía. Las cabras y las ovejas pastan un
poco entre los toldos. Decido dibujar las colinas que dan hacia el
oriente. Me siento en una roca cercana a una tienda negruzca. Cuento tan
sólo con un cuaderno y una pluma. Sobre la tierra hay tirado un tarro de
plástico, que me sugiere juntar algo de agua del hilo que brota del
manantial para mezclarla, si la necesito, con la tinta.
Después de dibujar un rato, un joven se acerca (por supuesto, toda persona
invisible en el campamento ya me vio), abre la tienda tras de mí, entra y
sale sosteniendo un decrépito banco de plástico blanco que, me indica,
puede ser más cómodo que la roca. Me imagino que, antes de hallarlo, debe
de haber estado tirado en la calle cerca de una pastelería o una nevería.
Le agradezco.
Sentado en este banco de parroquiano, en un campamento beduino, y conforme
el sol comienza a calentar y las ranas del casi seco lecho del río se
ponen a croar, continúo dibujando.
En lo alto de una colina, pocos kilómetros a la izquierda, hay un
asentamiento israelí. Parece militar, como si fuera parte de algún
armamento diseñado para maniobras súbitas. No obstante es pequeño y está
lejos.
Muy cerca, frente a mí, hay una colina de piedra caliza que tiene la forma
de una cabeza de animal gigante dormido. Las rocas esparcidas por su cima
son como cardenchas sobre su pelambre enmarañado.
Repentinamente frustrado por falta de pigmento, vierto agua del tarro
sobre el polvo que piso, meto el dedo en el lodo y lo embarro en el dibujo
de la cabeza del animal. El sol está caliente. Una mula rebuzna. Paso la
página de mi cuaderno y comienzo otro dibujo y otro. Nada parece
terminado. Cuando por fin regresa el joven, quiere ver mis dibujos.
Le abro el cuaderno. Sonríe. Vuelvo la hoja. Señala. Es nuestro, dice, ¡es
nuestro polvo! Lo que él señala es mi dedo, no el dibujo.
Luego ambos miramos la colina.
No estoy entre los conquistados, sino entre los derrotados a los que los
vencedores temen. El tiempo de los vencedores es siempre corto y el de los
derrotados es inconmensurablemente largo. Su espacio es diferente también.
Todo en esta tierra limitada entraña una cuestión de espacio, y los
vencedores ya lo entendieron. El acorralamiento que mantienen es primera y
fundamentalmente espacial. Se aplica, en desafío a las leyes
internacionales, mediante los puestos de revisión, destruyendo los
antiguos caminos, mediante nuevos libramientos reservados estrictamente
para los colonos israelíes, construyendo asentamientos fortificados en lo
alto de las colinas -que en realidad son puestos de vigilancia y control
de las mesetas circundantes-, mediante el toque de queda que obliga a las
personas a permanecer puertas adentro, de noche y de día. Durante la
invasión a Ramallah, el año pasado, el toque de queda duró seis semanas, y
lo "levantaban" un par de horas, ciertos días, para que la gente fuera de
compras. No había tiempo suficiente siquiera para enterrar a los que
murieron en sus camas.
En un valiente libro, el arquitecto israelí disidente Eyal Weizman afirma
que esta dominación terrestre y total comienza en los bosquejos de los
arquitectos y los planificadores distritales. En tales dibujos no es
posible hallar ni una partícula de "nuestro polvo". La violencia comienza
mucho antes del arribo de los tanques y los jeeps. El habla de una
"política de verticalidad", donde los derrotados, incluso "en sus
hogares", son literalmente vigilados y socavados.
El efecto de lo anterior es que la vida cotidiana es inexorable. Tan
pronto como a alguien se le ocurre decir una mañana cualquiera "voy a ver"
tiene que detenerse súbitamente y considerar qué tantos cruces y retenes
puede involucrar ese "vistazo". El espacio de las más simples decisiones
de todos los días está maniatado, con la pata delantera amarrada a la
trasera. Además, debido a que los retenes cambian impredeciblemente día a
día, la experiencia del tiempo también está maniatada. Nadie sabe por la
mañana qué tanto le tomará llegar al trabajo, ir a ver a su mamá, ir a
clase, a la consulta con el doctor y, habiendo hecho estas cosas, tampoco
sabe cuánto tiempo le llevará regresar a su casa. Un viaje en cualquier
dirección puede implicar 30 minutos o cuatro horas, o la ruta puede estar
categóricamente cerrada por soldados armados con ametralladoras cargadas.
El gobierno israelí alega que se vio obligado a tomar estas medidas con
tal de combatir el terrorismo. Sus alegatos son fintas. Su propósito
verdadero es mantener un acorralamiento que destruya el sentido de
continuidad espacial y temporal de los pobladores indígenas para que se
vayan o se vuelvan sirvientes achatados. Pero, por supuesto, es aquí donde
los muertos ayudan a los vivos a resistir, aquí hombres y mujeres deciden
volverse mártires. El acorralamiento inspira el terrorismo que dice
combatir.
Un caminito de piedra, que va salvando las enormes rocas entreveradas,
desciende a un valle al sur de Ramallah. En tramos serpentea por antiguos
olivares, algunos de los cuales datan de los tiempos romanos. Esta
carretera pedregosa (muy dura para cualquier carro) es el único medio con
que cuentan los palestinos para acceder al pueblo cercano. La antigua
carretera asfaltada, que les está vedada ahora, se reserva para los
israelíes de los asentamientos. Voy aprisa, pues toda mi vida me ha
parecido más cansado andar lento. Descubro una flor roja entre los
matorrales y me detengo a cortarla. Luego me entero que se llama Adonis
aestivalis. Su rojo es muy intenso y su vida, dice el libro de botánica,
muy breve.
Baha me grita que no me dirija hacia la alta colina situada a mi
izquierda. Si detectan que alguien se aproxima, grita, dispararán.
Calculo la distancia: menos de un kilómetro. Unos 200 metros en sentido
contrario a la dirección poco recomendable descubro una mula y un caballo
atados. Los tomo como garantía y camino hacia allá. Llego a un lugar donde
dos niños -uno como de 11 y otro cercano a los ocho años- trabajan solos
en un campo. El más chico llena latas de agua de un barril incrustado en
la tierra. El cuidado con que lo hace, sin chorrear ni una gota, muestra
lo preciada que es el agua. El niño mayor carga la lata llena mientras
trepa con cuidado hacia una parcela sembrada donde riega algunas plantas.
Ambos andan descalzos.
El que riega me saluda y orgulloso me muestra los surcos de su parcela,
con varios cientos de plantas. Unas las reconozco: tomates, pepinos,
berenjenas. Las deben de haber sembrado la semana anterior. Aún son muy
pequeñas y buscan el agua. Una de las plantas no la reconozco; él lo nota.
Luz fuerte, me dice. ¿Melón? ¡Shumaam! Nos reímos. Cuando ríe sus ojos se
fijan en mí, imperturbables. (Pienso en Husni Al-Nayjar.) Ambos estamos
-Dios sabrá por qué- viviendo el mismo momento. Me lleva a los surcos y me
muestra qué tanto ha regado. Nos detenemos unos instantes, miramos en
torno y atisbamos el asentamiento con sus muros defensivos y sus techados
rojos. Mientras señala con la barbilla en esa dirección percibo una suerte
de burla en su gesto, una burla que quiere compartirme, como su orgullo al
regar. Una burla que da paso a una mueca, como si de pronto hubiéramos
convenido orinar en el mismo momento y en el mismo punto.
Más tarde andamos de regreso hacia el camino pedregoso. Recoge algo de
menta y me ofrece un manojo. Su frescura picante es como un chorro de agua
fría, agua más fría que la de su lata. Vamos hacia donde están la mula y
el caballo. El caballo, sin silla, tiene cabestro con riendas pero carece
de brida y de bocado. El niño quiere hacerme una demostración algo más
impresionante que una meada imaginaria. Brinca entonces al caballo
mientras su hermano retiene la mula, y casi al instante va al galope, a
pelo, por el camino por donde llegué. Es un caballo con seis extremidades,
cuatro propias y dos que pertenecen al jinete, y las manos del niño
controlan las seis. Monta con la experiencia de muchas vidas. Cuando
regresa, sonríe extraño y, por vez primera, se le ve tímido.
Me rencuentro con Baha y los otros, que se hallan a un kilómetro. Hablan
con un hombre, el tío del niño, mientras riega plantas que apenas brotan.
El sol desciende y la luz cambia. La tierra parduzca y amarilla, más
oscura donde se regó, es ahora el color primario de todo el paisaje. Riega
con lo que resta del agua el fondo de un barril de plástico azul oscuro de
500 litros.
En la superficie, el barril azul tiene cuidadosamente pegados 11 parches
(son como los que se usan para remendar ponchaduras, pero más grandes). El
hombre me explicará que fue así como reparó el barril después de que una
pandilla del asentamiento de Halamis -de los techos rojos- vino una noche,
sabiendo que los recipientes de agua estaban plenos de lluvia primaveral,
y los tasajeó con navajas. Otro barril, tirado sobre la terraza inferior,
es irreparable. Más allá, en la misma terraza, se alza el tocón retorcido
de un olivo que, a juzgar por su circunferencia, debe de haber tenido
varios cientos de años de edad, tal vez mil. Hace algunas noches, dice el
tío, lo cortaron con una sierra eléctrica.
Cito de nuevo a Mourid Barghouti: "Para los palestinos, el aceite de oliva
es regalo al viajero, confort para la novia, recompensa del otoño, orgullo
en las bodegas y riqueza de la familia por siglos".
Luego descubro el poema de Zakaria Mohammed El bocado. Habla de un caballo
negro sin brida que tiene sangre en los belfos. Con el caballo de Zakaria
hay también un niño, sorprendido por la sangre.
Qué es lo que masca el caballo
pregunta,
qué es lo que masca.
El caballo negro
muerde
un bocado cuya forja es acero,
un bocado de memoria
para tascar,
impaciente, hasta la muerte.
Si el niño que me ofreció la
menta silvestre tuviera siete años más, no sería difícil entender que
fuera miembro de Hamas, aprestándose a sacrificar su vida.
El peso de las lajas de concreto hechas añicos, y de la mampostería
derribada en el centro de operaciones de Arafat en Ramallah, tiene ahora
gravedad simbólica. No en la forma que imaginaron los comandantes
israelíes. Derruir la Muquata con Arafat y sus acompañantes dentro era
para ellos la demostración pública de su humillación, así como regar salsa
cátsup en la ropa, los muebles y las paredes de los apartamentos privados
que el ejército invadió y revolvió sistemáticamente acabó siendo una
advertencia de las calamidades que vendrían.
Aún ahora Arafat representa a los palestinos con mayor fidelidad que
ningún otro líder mundial a su pueblo. Democráticamente no, pero sí en lo
trágico. De ahí la gravedad. Debido a los enormes errores cometidos por la
Organización para la Liberación de Palestina, con él a la cabeza, y a
causa de las equivocaciones de los estados árabes circundantes, no tiene
ya espacio para maniobrar políticamente. Ha dejado de ser un líder
político. No obstante, se mantiene desafiante en su sitio. Nadie cree en
él. Y muchos habrían dado su vida por él. ¿Cómo es esto? No siendo ya
político, Arafat se tornó montaña, montaña de su patria.
Nunca había visto una luz así. Baja del cielo de manera extrañamente
uniforme, pues no hace distinción entre lo distante y lo cercano. Aquí, la
diferencia entre lo lejos y lo cerca es sólo de escala, nunca de color, de
textura o precisión. Y esto afecta la manera en que uno se sitúa, afecta
su sentido de estar aquí. La tierra se conforma en torno a uno, en vez de
confrontarlo. Es lo opuesto del Medio Oeste estadunidense. En vez de
saludarnos, nos recomienda no abandonarla nunca.
Y aquí estoy, cumpliendo inesperadamente el sueño que algunos de mis
ancestros en Polonia, Galicia y el imperio austrohúngaro deben de haber
alimentado y comentado durante por lo menos dos siglos. Y me encuentro
aquí por defender la justicia de una causa, compartiendo el dolor que
infligen tal vez algunos primos míos (en cualquier caso el Estado de
Israel). Los expulsados de esta tierra y todos aquellos a quienes se
planea expulsar son inseparables de su pulso de vida. Sin ellos, este
polvo no tendría alma. No es una figura de lenguaje, es la más grave
advertencia.
Riad, profesor de carpintería, ha ido por sus dibujos para mostrármelos.
Estamos sentados en el jardín de la casa paterna. El padre rastrilla el
campo con su caballo blanco. Cuando Riad vuelve, trae consigo los dibujos
como si fueran un expediente extraído de un archivero de metal. Camina
lento y las gallinas se apartan de su paso aún más parsimoniosas. Se
sienta frente a mí y me entrega los dibujos uno por uno. Fueron hechos con
lápiz duro, de memoria y con gran paciencia. Línea a línea, por las
tardes, después del trabajo, hasta que los negros se tornen tan negros
como él quiere, y los grises permanezcan plomizos. Están hechos en hojas
de papel grande.
El dibujo de una jarra de agua. El dibujo de su mamá. El dibujo de una
casa destruida, de las ventanas que daban a unos cuartos que no existen
ya.
Cuando termino de verlos, me aborda un hombre mayor. Tiene el rostro
paciente de un campesino. Parece que usted sabe de pollos, me dice. Cuando
una gallina cae enferma, deja de poner. No hay mucho qué hacer. Un día se
despierta y siente que la muerte se aproxima. Un día se da cuenta de que
va a morir y, ¿qué sucede? Comienza a poner huevos otra vez, y nada sino
la muerte podrá detenerla. Somos como las gallinas.
Los puestos de revisión funcionan como fronteras interiores impuestas en
los territorios ocupados, pero no se parecen en nada a ningún paso
fronterizo normal. Están construidos y administrados de tal manera que
cualquiera que cruce es reducido al estatus de refugiado indeseable.
Es imposible subestimar la importancia otorgada al acorralamiento del
decoro. Se usa para remachar quiénes son los vencedores y quiénes debieran
reconocerse conquistados. Los palestinos deben sufrir, a menudo varias
veces al día, la humillación de representar el papel de refugiados en su
propia patria.
Todo aquel que cruce tiene que hacerlo caminando hasta pasar el retén
donde los soldados, con armas cargadas y listas, eligen a quien les da la
gana "revisar". Ningún vehículo puede cruzar. El camino tradicional fue
destruido. La nueva "ruta" obligada está plagada de rocones, piedras y
otros obstáculos menores. En consecuencia todos, excepto los más aptos,
sufren el cruce.
Enfermos y ancianos son transportados en cajas de madera, provistas de
cuatro ruedas, por jóvenes que así ganan un poco para irla pasando (tales
cajas se hicieron originalmente para acarrear verduras en el mercado). Les
dan a los pasajeros un cojín para aminorar los brincos. Escuchan sus
historias. Todos se saben las noticias más frescas. (Cambia todo a
diario.) Ofrecen consejo, se lamentan, pero están orgullosos de ofrecer la
ayuda que puedan. Son lo más cercano al coro de la tragedia.
Algunos "viajeros" caminan con ayuda de un bastón, otros incluso con
muletas. Todo lo que normalmente lleva uno en la cajuela del automóvil
debe ser cruzado en bultos cargados en los brazos o a la espalda. La
distancia de un cruce puede cambiar de la noche a la mañana y varía entre
300 metros y kilómetro y medio. Las parejas palestinas, excepto algunas
sofisticadas y jóvenes, mantienen en público el decoro de cierta
distancia. En los puestos de revisión, las parejas de todas las edades se
toman de la mano al cruzar, buscando en cada paso un asidero, mientras
calculan el ritmo exacto para evadir las armas que les apuntan. Nunca muy
aprisa (apresurarse puede levantar sospechas) ni muy despacio (la duda
puede provocar un "juego" que saque a los guardias de su aburrimiento
crónico).
Es muy particular el carácter vindicatorio de muchos (no todos) de los
soldados israelíes. Tiene poco que ver con la crueldad que describiera y
lamentara Eurípides, pues aquí la confrontación no es entre iguales, sino
entre los todopoderosos y los supuestamente indefensos. Sin embargo, esta
prepotencia de los poderosos va acompañada de una frustración furiosa: el
descubrimiento de que, pese a todo su armamento, su poder tiene un límite
inexplicable.
Quiero cambiar algunos euros por shekels (los palestinos no cuentan con
moneda propia). Deambulo por la calle principal y paso por muchas
tienditas. Ocasionalmente me topo con algún hombre sentado en su silla
sobre lo que alguna vez fuera la banqueta, antes de la invasión de los
tanques. Estos hombres sostienen en las manos fajos de billetes. Me
aproximo a uno, joven, y le digo que quiero cambiar cien euros. (Por una
cantidad semejante uno podría comprar un brazalete pequeño, como para
niña, en una de las joyerías.) Consulta su calculadora de juguete y me
extiende varios cientos de shekels.
Continúo caminando. Un niño que, pensando en edades, podría ser hermano de
la niña del imaginario brazalete de oro, insiste en venderme goma de
mascar. Proviene de uno de los dos campos de refugiados de Ramallah. Le
compro. También vende cubiertas plásticas para las tarjetas de identidad.
Insiste en que le compre toda su goma de mascar. Eso hago.
Pasa media hora y me hallo en un mercado de legumbres. Un hombre vende
ajos del tamaño de un focos luminoso. Hay mucha gente junta. Alguien me
toca el hombro. Volteo. Es el cambista. Le di, dice, 50 shekels de menos,
aquí están. Tomo los cinco billetes de 10. Fue usted muy fácil de
encontrar, añade. Le agradezco.
La expresión de sus ojos mientras me mira me recuerda a una anciana que vi
un día antes. Es una expresión de gran atención al momento presente.
Considerada y tranquila, como si fuera tal vez el último momento. Entonces
el cambista se da vuelta y emprende la larga caminata hacia su silla.
Conocí a la anciana en el poblado de Kobar. La casa era nueva y escueta,
sin terminar. Sobre las paredes de la sala desnuda había unas fotografías
enmarcadas de su sobrino, Marwan Barghouti. Marwan de niño, de
adolescente, como hombre de 40 años. Hoy está en una prisión israelí. Si
sobrevive, será uno de los pocos dirigentes políticos de Fatah a los que
necesariamente habrá que consultar en caso de que se impulse algún acuerdo
de paz sólido.
Mientras bebíamos jugo de lima y la tía hacía café, sus sobrinos nietos
salieron al jardín: dos niños, uno de siete y otro de nueve. El pequeño se
llama Patria y el mayor, Resistencia. Corrían en todas direcciones y se
detenían de pronto, mirándose intensamente uno al otro, como si se
escondieran detrás de algo y se asomaran a ver si el otro ya los había
descubierto. Luego se lanzaban corriendo otra vez hasta encontrar otro
escondite invisible. Es un juego que inventaron y juegan juntos muchas
veces.
El tercer niño tenía cuatro años de edad. En su rostro había brotes rojos
y blancos como los de un payaso, y como buen payaso se apartaba,
nostálgico, socarrón, inseguro de lo que le pasaba. Tenía sarampión y
sabía que no debía aproximarse a las visitas.
Llegado el momento de despedirnos, la tía me dio la mano y en sus ojos vi
esta misma expresión especial de atención al momento.
Cuando dos personas tienden un mantel sobre una mesa, se miran una a la
otra para asegurar la colocación de la tela. Imaginen que la mesa es el
mundo y el mantel las vidas de aquellos a quienes debemos salvar. Esa era
la expresión.
* Escritor, poeta y crítico inglés de arte, habitante de una comunidad
rural de Francia. Autor de Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag.
Su más reciente libro, traducido al español, es La forma de un bolsillo,
publicado por Era .
Traducción: Ramón Vera Herrera
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