Artículos de opinión

 

 

                                   

¿HASTA DÓNDE LA SINRAZÓN ISRAELÍ? 

 

FLORA LOBATO

 

            Si el ser humano tuviera la capacidad de detenerse y pensar, siquiera un momento, en el otro, en el que está enfrente, en el adversario, y reflexionara con amplitud de miras, valorando la máxima de no producir a los demás el daño que a nosotros mismos no nos gusta recibir, no cabe duda de que el mundo no sería tan caótico, ni contemplaríamos en las noticias televisivas las imágenes de terror que aparecen en la pantalla.

            En el conflicto entre palestinos e israelíes se habla de guerra, sin embargo no es una batalla al uso, donde existen dos fuerzas encontradas, con unos ejércitos equiparables en armas y en apoyos logísticos; aquí están las tropas israelíes con un Primer Ministro, Sharon, cuya faz representa la furia desbocada. Cuando aparece su imagen en la Televisión es como una tempestad que irrumpe en los espacios, arrasando cualquier hálito de esperanza. –Puede parecer exagerado, pero me remito a su trayectoria política-. Se permite el lujo de desoír cualquier demanda de otros gobernantes que reclaman un modo distinto de solucionar este espinoso conflicto, impide la estancia en la región a periodistas y testigos, no consiente que Aznar se entreviste con Yasir Arafat, a quien mantiene encarcelado sin agua, sin comida, etc., etc. Visto lo visto, Ariel Sharon, convertido en un reyezuelo tirano, aspira ahora a edificar su propio mundo, cual demiurgo déspota, donde sólo quepan él y el resto de los judíos, sin darse cuenta que los derechos humanos alcanzan, o deberían alcanzar, a todos los ciudadanos por igual, independientemente de las condiciones económicas, religiones y costumbres.

Los judíos suelen hablar enfáticamente de que Israel es un Estado democrático, pero, más bien da la impresión de que, en el caso de que lo sea, sólo ejercita esta práctica para con ellos mismos, pues el comportamiento que otorga al pueblo palestino es claramente fascista: matan indiscriminadamente, destruyen escuelas, hospitales, bibliotecas; los muertos, según las noticias de Antena 3, del martes, día 2, son enterrados en los jardines de los hospitales, en fosas comunes, porque los cementarios están atestados. Ya no caben más cuerpos de adolescentes jóvenes y hombres de más edad, a quienes Israel clasifica genéricamente de terroristas.

Empero, Sharon con el resto del gobierno israelí, puesto que quien calla consiente, sigue empecinado en segar vidas de palestinos. ¿Qué se propone Israel, fulminarlos, exterminarlos? Pues eso tiene un nombre, y si luego alguna persona –como Saramago, entre otros,- se atreve a hablar objetivamente y pronunciar sin eufemismos lo que comprobó con sus propios ojos in situ, que no se rasgue las vestiduras, pues así como los propios judíos han pasado a la Historia como víctimas de unos crímenes que nunca deberían haberse materializado, así mismo permanecerán en nuestra memoria como verdugos del pueblo palestino.

Decíamos al principio que esta contienda bélica no es una guerra, porque en las guerras hay un frente donde dos bandos luchan; mientras que aquí es un Ejército sofisticado el que invade poblaciones civiles.

Los palestinos, por su parte, hacen lo que pueden. Indudablemente, no son santos y, después de tanto sometimiento, tanta humillación, han llegado a un estado de desesperación que sólo pueden luchar contra Israel con lo único que tienen, su propia vida. Es un hecho muy recriminable y censurable,-cualquier aparato mortífero lo es-, pero quizás la situación de angustia y de supervivencia a la que se ven abocados les impida visualizar otra salida, especialmente si tenemos en cuenta la prepotencia del enemigo, que, como todos sabemos, señorea libremente, e incumple con total desfachatez incluso las resoluciones de entidades como la ONU. En absoluto creemos que los palestinos suicidas se quiten su vida por fanatismo; -en Occidente esto da mucho juego y nos tranquliza nuestras conciencias- pero, repito, personalmente, disiento de la lectura que se da a este hecho, aquí, cómodamente, desde nuestra confortabilidad europea. Los palestinos son simplemente limitados seres humanos, como nosotros, y la vida para ellos, como para nosotros, es lo más preciado y lo único con lo que realmente cuentan.

Tal y como están estas dos sociedades, la israelí y la palestina, no habrá ni vencedores ni vencidos; los dos colectivos serán altamente perjudicados, no sólo en lo que respecta al hecho físico de morir, sino también en otros aspectos profundos de su urdimbre psicológica.

Por ello, nos adherimos a las voces más sensatas y reflexivas que se esfuerzan hoy en ser oídas y que proclaman que la única solución es la contemplación de dos Estados, uno israelí y otro palestino, con fronteras viables para ambos. Según los analistas más destacados es a Estados Unidos a quien le compete poner fin a esta masacre, por razones obvias. Y mientras ello no suceda no habrá paz, pues parece que el pueblo ocupado ha llegado a tal grado de frustración que prefiere morir antes que vivir bajo el yugo de Israel.

                                                         

Junio de 2002