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Ser niño en Palestina
FERRÁN SALES
EL
PAIS SEMANAL - 02-01-2005
Son más de la mitad de la población palestina y no tienen futuro. Una
infancia marcada por la guerra y los controles policiales. Seiscientos
niños han perdido la vida desde el comienzo de la Intifada. Miles de
ellos sufren sus consecuencias a diario. Ésta es la historia de esa
generación perdida.
Nació en un checkpoint del Ejército israelí. La noche en
que Dallal empezó a sentir los dolores del parto pidió a Mustafá que la
llevara hasta la clínica. Una ambulancia pasó a recogerlos por su casa.
Aunque desde la aldea de Jayus hasta la maternidad de Nablus hay sobre
el mapa menos de una hora, nunca llegaron a su destino. Los soldados del
puesto de Kafr Zeibad les impidieron el paso. La discusión empezó a
hacerse interminable; Azzaf, la abuela, insultaba a los militares; sus
tías Naal y Fátima lloraban desconsoladamente, y el padre trataba de
razonar con el responsable del destacamento para que les dejara
continuar su camino. El viento frío de enero y las voces se filtraban
por todos los resquicios del furgón, mientras la enfermera y el chófer
ayudaban a la madre a dar a luz. Así fue como Aya vino al mundo.
Este mes, la pequeña cumplirá dos años. Lo festejará
comiéndose un pastel en los brazos de su padre, al tiempo que tratará de
sacarse los zapatos nuevos de cuero negro, regalo de su madre. Sus pies
diminutos no están aún acostumbrados a sentirse tan aprisionados. En el
jardín, a la sombra del limonero, todos recordarán aquella noche
azarosa, que pudo haber acabado en un drama. Las secuelas del parto en
condiciones poco confortables lastrarán a la niña para el resto de su
vida; padece problemas respiratorios y sufre síntomas periódicos de
cansancio. El clan de los Shamasna trata de no lamentarse: “Hemos tenido
suerte, nuestra hija está con vida. Lo peor ha pasado. Alá nos protege”.
No es un caso aislado. Desde que en el mes de septiembre
de 2000 se iniciara la Intifada hasta el pasado mes de febrero, las
estadísticas del Ministerio de Sanidad de la Autoridad Nacional
Palestina han contabilizado 51 casos de nacimientos en checkpoints del
Ejército. Sólo 22 madres salvaron la vida de sus bebés. En los 29 casos
restantes, los recién nacidos murieron a las pocas horas. Las
organizaciones humanitarias internacionales han puesto en marcha un
programa destinado a ayudar a las madres para que puedan dar a luz en
sus casas y no tengan que aventurarse por esas carreteras de
Cisjordania, constantemente interceptadas por controles. Antes de que
estallara la revuelta, el 95% de los alumbramientos tenían lugar en
hospitales; ahora sólo lo hacen en la clínica un 50%. Nacer en Palestina
se ha convertido en el primer acto de resistencia en la vida de un niño.
Los obstáculos creados por la ocupación no parecen sin
embargo afectar a la población palestina, que no ha dejado de crecer ni
un solo instante. El 52,4% de los habitantes de Cisjordania y Gaza
tienen menos de 17 años. Su incremento es de un 3,5% anual, y el de
fertilidad, el 5,9% por pareja. Los índices de mortalidad infantil son
de 25,2 cada mil nacimientos. Los demógrafos judíos contemplan
aterrorizados el aumento irrefrenable del número de palestinos, que
según ellos amenaza con romper lo que consideran el “punto de
equilibrio” entre ambas sociedades.
Nacer en un ‘checkpoint’ no es simplemente un símbolo. Es
además una forma de aprender desde el primer momento que las tropas
israelíes estarán presentes en todos los actos de su vida. Esto es lo
que sienten los niños de las aldeas de Tuba y Al Mukfara, al sureste de
las colinas de Hebrón, al sur de Cisjordania. Todas las mañanas, los
militares vienen hasta la puerta de su casa para acompañarlos hasta la
escuela palestina de Al Tuwani. Un total de 21 muchachos, con edades
comprendidas entre los 6 y los 12 años, caminan con las mochilas a la
espalda emparedados entre los blindados. Lo hacen en silencio, como si
tuvieran miedo de volverse a encontrar en cualquier recodo las milicias
armadas de los colonos de los asentamientos cercanos de Maon y Havat
Maon. El Ministerio de Defensa otorgó a estos pequeños una custodia
militar, tras una agria polémica parlamentaria en la que se denunciaron
las vejaciones que los colonos infligían a los alumnos a diario con la
excusa de que pasaban por sus propiedades.
“Hasta finales del pasado mes de noviembre, un grupo de
pacifistas cristianos, en su mayoría oriundos de Estados Unidos y de
Italia, dábamos protección a los muchachos en el camino de ida y regreso
a la escuela”, explica Joseph Carr, de 23 años, licenciado en historia,
oriundo de Misuri, convertido desde hace un tiempo en representante del
comando pacifista asentado en la aldea de Al Tuwani. Su principal misión
es la de tutelar las idas y venidas de los niños, aun a costa de
arriesgar su vida.
Antes de que los soldados se hicieran cargo de la
custodia de los pequeños, los comandos colonos habían atacado en dos
ocasiones a los alumnos. Los asaltantes, vestidos de negro y con el
rostro tapado, blandiendo cadenas y palos, habían puesto en fuga a los
menores y lesionado a sus acompañantes, tras saquearles la documentación
y robarles su dinero. La queja de las víctimas, militantes de Christian
Peacemaker Teams y de Amnistía Internacional, hizo enrojecer de
vergüenza a los mandos del Ejército, que han asumido definitivamente la
responsabilidad de proteger a este grupo de escolares palestinos.
Esta mañana, los 66 alumnos de la escuela pública de Al
Tuwani –entre 150 y 250 habitantes– han despedido su jornada escolar
cantando una y otra vez las primeras estrofas del poema Nuestro país.
Desde la explanada que sirve de campo de fútbol se oyen con claridad las
voces de los pequeños, repitiendo las estrofas de la poetisa Fadua Tukán.
Los vehículos blindados del Ejército esperan impacientes más allá, en lo
alto del camino, a que se apaguen los cánticos y el maestro ponga fin a
la clase.
“Mi país es el paraíso. / Lo quiero con todo mi corazón”.
Sofía, de 12 años, vecina de Tubas, séptima hija de un
campesino del clan de los Rabaid, ha sido la primera en salir de la
clase. Capitanea un grupo reducido de cinco compañeros, que trotando se
dirigen al encuentro de los militares. De manera disciplinada se han
colocado en formación detrás de uno de los vehículos blindados. Han
empezado a andar mientras un segundo todoterreno les custodia sus
espaldas. Durante media hora caminarán por un sendero de piedras, que
bordea un pinar y pasa junto a las casas blancas con teja roja del
asentamiento. Hoy no ha habido ningún incidente.
–Sofía, ¿tú qué querrás ser cuando seas mayor?
–¿Yo? Maestra.
Ir a la escuela se ha convertido también para muchos
niños palestinos en un acto de resistencia. En Cisjordania y Gaza apenas
existe el analfabetismo; sólo un 8,1%, en su mayoría entre personas
ancianas. En los territorios hay censadas un total de 2.109 escuelas a
las que acuden 1.017.443 niños y en las que imparten sus enseñanzas
37.240 profesores. Todo esto es en teoría, porque desde que se inició la
Intifada, los israelíes han cerrado durante cierto tiempo 850 escuelas,
otras 8 las han convertido en cuarteles, 185 han sido parcialmente
destruidas por los bombardeos y 11 han quedado demolidas. Un tercio de
los niños en edad de escolarizar tienen a diario dificultades para
llegar a sus clases, según asegura Unicef. Los índices de
aprovechamiento de los alumnos han descendido drásticamente; por
ejemplo, el número de estudiantes que suspenden los cursos de
matemáticas ha pasado del 35% al 68%.
Los expertos en política educacional advierten alarmados
que por primera vez en la historia de Palestina ha descendido la
escolarización. Los primeros síntomas se detectaron en el curso
2002-2003, que coincide con la época más dura de las sanciones
colectivas impuestas por el Ejército. Los índices de inscripción a la
escuela bajan cada año un 1,5%, lo que representa que cada curso 15.000
jóvenes dejan de ir al colegio. La tendencia señala un continuo descenso
que amenaza con quebrar uno de los pilares de la sociedad palestina: la
enseñanza. En muchos casos son los padres quienes tienen miedo de enviar
a sus hijos al colegio, entre otras razones porque las aulas han dejado
de ser un lugar seguro y el camino a la escuela se ha convertido en un
sangriento laberinto.
Iman tenía 12 años. El pasado 5 de octubre se dirigía,
como todas las mañanas, de su casa a la escuela, pero una espesa niebla
la hizo equivocarse de camino. Sin saberlo, se dirigió hacia el puesto
militar de vigilancia, situado en la frontera, entre el campo de
refugiados de Rafah y Egipto. A pesar de que los soldados identificaron
a la niña como una escolar por su bata a rayas característica de los
centros de la UNRWA, el mando dio orden de disparar. La excusa fue que
en la mochila podría llevar una bomba. Un destacamento al mando de un
oficial se acercó hasta el punto en que la pequeña había caído herida.
Según los primeros indicios, el capitán R., jefe de la laureada Brigada
Givati, disparó a quemarropa sobre el cuerpo inmóvil, antes de regresar
a su acuartelamiento. El número de impactos permiten aventurar que vació
su cargador. Los soldados que le acompañaban denunciaron el incidente a
la prensa de Tel Aviv. Las autoridades militares están investigando el
caso.
“El cuerpo de mi hija tenía 21 agujeros de bala. Cuatro
de ellos en la cabeza. El más indignante y criminal le atravesó el
cráneo, de arriba abajo. Todos a corta distancia. Las fotos tomadas en
el hospital lo dejan claro. No cabe ninguna disculpa. La mataron a
sangre fría”, se lamenta Samir Darweesh al Hams, de 49 años, padre de la
muchacha, profesor de lengua y literatura árabe en una escuela de
Naciones Unidas.
La muerte de Iman ha sacudido a toda su familia,
incluidos sus ocho hermanos. Era la menor. Los que la conocieron dicen
que era alegre. Soñaba con convertirse un día en maestra, como su padre.
Sobre su cama ha dejado sus últimos juguetes: una muñeca y un oso de
peluche. En la mesa debían de estar abiertos los libros, su plumier y la
caja de lápices de colores, que llevaba en el momento de su muerte
dentro de la mochila. Los soldados lo destruyeron todo con una carga
explosiva, creyendo que se trataba de una bomba. A la familia Al Hams le
queda la esperanza de que el proceso judicial iniciado desde Jerusalén
por la abogada israelí Leah Tsemel pueda acabar un día con una sentencia
condenatoria contra el oficial autor de los disparos.
No sólo se muere en el camino del colegio. También se
muere dentro de los muros de la escuela. Ghadeer Mujermar tenía 10 años
cuando recibió el impacto de un proyectil israelí en el pecho. Estaba
sentada en su pupitre en un centro de enseñanza primaria del campo de
refugiados de Al Gharbi, en el término municipal de Jan Yunes, en la
Franja de Gaza. Murió tres días más tarde en la unidad de cuidados
intensivos del hospital de Shifa, en Gaza capital. La oficina de
estadística de la UNRWA, que gestiona una quinta parte de las aulas
palestinas, denunciaba el pasado mes de noviembre que en tan sólo dos
semanas, tres de sus alumnos habían muerto en la escuela o saliendo de
ella, y otros ocho habían resultado heridos en el interior de las aulas.
Durante el año 2004, la organización internacional ha documentado al
menos 71 tiroteos israelíes contra sus establecimientos de enseñanza.
Los nombres de las escolares Iman Darweesh al Hams y
Ghadeer Mujermar están ya para siempre en la lista de niños muertos en
la segunda Intifada. Entre el 29 de septiembre de 2000 y el 30 de junio
de 2004, casi 600 menores palestinos han fallecido en acciones bélicas
del Ejército o en incursiones de los colonos. En esta cifra se incluyen
los 51 menores que, de una manera supuestamente accidental, murieron en
las operaciones de asesinatos selectivos perpetradas por los militares
contra los activistas palestinos. Cerca de un tercio de los niños
muertos en esta Intifada tenían menos de 13 años. El 52% de los muertos,
por disparos de armas automáticas. El 64,4% fueron víctimas de ataques
aéreos, terrestres o por el fuego indiscriminado de los militares, según
asegura la organización no gubernamental Defence for Children
International.
Mohamed Jamal al Durra fue el primero en morir en esta
Intifada. Falleció un día después de que estallara la revuelta. Tenía 12
años. Todos los indicios aseguran que murió tiroteado por el Ejército,
aunque los israelíes tratan de exculparse afirmando que fue víctima de
un fuego cruzado. Las imágenes de su muerte, en brazos de su padre,
filmadas por un cámara de la televisión francesa, fueron difundidas por
todo el mundo y se convirtieron en una prueba más de los métodos
desproporcionados utilizados por Israel para reprimir la revuelta
palestina. Pero además, para el mundo árabe, su muerte es un símbolo.
Muchas calles han sido bautizadas con su nombre, se han impreso sellos
con su imagen e incluso compuesto canciones. En el campo de refugiados
de Breij, en el centro de Gaza, todos conocen a los Durra.
“Nada puede compensar la muerte de un hijo. El único
consuelo es haber engendrado después de su muerte otro niño, al que
también hemos puesto el nombre de Mohamed; pronto cumplirá los dos
años”, asegura Jamal al Durra, de 42 años, albañil en paro, padre de
siete hijos. Las heridas provocadas por ocho impactos de bala durante el
tiroteo en el que murió su hijo le han dejado un brazo y una pierna
inútiles. No se avergüenza en confesar que vive de la ayuda
internacional, incluidos los 10.000 dólares que en su día le envió desde
Irak el presidente Sadam Husein.
Un mes después de la muerte de Mohamed Durra fallecía
también en Gaza Fares Faiq Odeh. Con sólo 15 años se había convertido en
otro símbolo de la Intifada. Su fotografía, tomada por un reportero de
una agencia internacional, en la que se le veía de espaldas arrojando
una piedra contra la mole inmensa de un tanque israelí, es una de las
imágenes más emblemáticas de la revuelta. Moriría pocos días después de
aquella foto, de un disparo en el cuello. Fares en árabe significa
caballero; odeh, regreso. Caballero del Retorno. Su sueño era
convertirse en un combatiente.
“Cuando miro su foto me siento feliz. Pero también sé que
no ha muerto y que continuará viviendo en mi nieto Fares; apenas tiene
un año”, afirma la madre, Enam, de 44 años. Lidera una familia
destrozada por el dolor y el infortunio. Tres de sus nueve hijos padecen
enfermedades degenerativas. El dinero que han venido recibiendo a raíz
de la muerte de su hijo ha servido para tratar de salvar la vida de sus
tres hermanos enfermos. Los Odeh coinciden con los Durra en perpetuar
dentro del clan el nombre de sus hijos muertos; no sólo hay un nuevo
Mohamed, también hay otro Fares.
Pero también están los pequeños heridos. Las estadísticas
aseguran que en los últimos cuatro años, 10.000 niños han resultado
alcanzados en el transcurso de acciones bélicas israelíes. Un porcentaje
muy elevado de estos menores han quedado lisiados para el resto de sus
vidas. Éste es el caso de Ahmed Abuhader, que acaba de cumplir los 16
años. Está inválido de las dos piernas. Fue alcanzado por un misil
israelí el pasado mes de septiembre en la operación Días de Penitencia.
En el momento del impacto, el muchacho salía de la escuela y volvía a
casa.
“Noté un golpe en la pierna. Pero continué corriendo
hasta que un compañero me dijo que estaba sangrando. Miré hacia atrás;
vi cómo la pierna se desgajaba de mi cuerpo. Caí al suelo. La otra
pierna también la tengo inservible”, explica Ahmed, sentado en su silla
de ruedas, en su casa del campo de refugiados de Jabalia, donde vive con
sus padres y sus ocho hermanos. Las mismas restricciones fronterizas,
que no dejan que su padre pueda ir a trabajar a Israel, no le permiten a
Mohamed ir a un hospital en el extranjero donde puedan colocarle unas
prótesis para poder caminar. Es consciente de que para el resto de su
vida será un inválido. Pero ello no le impide soñar: quiere continuar
sus estudios y llegar a ser médico.
La represión y las detenciones están provocando también
heridas profundas en los menores palestinos. Desde el inicio de la
Intifada, alrededor de 2.500 niños han sido arrestados o detenidos. Las
estadísticas de las organizaciones humanitarias aseguran que en el año
2001, el 95% de los niños detenidos fueron sometidos a “abusos físicos y
psicológicos, e incluso a torturas”. Aunque no hay porcentajes
recientes, todo lleva a pensar que el comportamiento de las tropas hacia
los menores no ha cambiado. Los informes oficiales más recientes, del
pasado mes de octubre, aseguran que 391 palestinos menores de 18 años
están encarcelados en prisiones israelíes. El 50% de los menores
detenidos no han podido recibir visitas de sus familiares. Las
sentencias de los tribunales militares son rigurosas: uno de los menores
ha sido condenado a perpetuidad; tres, a 15 años de cárcel, y otros
cuatro, a penas que oscilan entre los 5 y los 9 años. El resto de los
niños cumplen condenas de 6 a 18 meses, en su mayor parte por arrojar
piedras. No hay programado para ellos ningún tipo de actividad mientras
permanecen en las cárceles. Pasan todo el día en las celdas sin hacer
nada, salvo las dos horas, una por la mañana y otra por la tarde, en que
se les permite salir al patio. Permanecen aislados del resto del mundo.
Los aparatos de televisión y de radio están prohibidos, asegura el
Ministerio de Detenidos palestino.
“Yo fui torturada. Tenía sólo 15 años cuando me
detuvieron cerca de un control militar de la ciudad vieja de Hebrón,
cuando me dirigía a la escuela. Me registraron la mochila y encontraron
junto con los libros un cuchillo, que llevaba para un trabajo en el
colegio. Me acusaron de planear matar a un colono. Estuve 16 días
incomunicada en una celda en la central policial de Jerusalén. Durante
horas me colgaron de la pared asida por las muñecas o en una cama de
hierro. Al menos en dos ocasiones entraron en la celda, me abrieron la
boca y me inyectaron con un spray gas, que me impedía respirar. Cuando
todo esto se acabó, me trasladaron a la prisión de menores en Ramle,
donde he estado durante dos años”. Fida Gannam acaba de cumplir los 18
años, se encuentra en libertad desde el pasado mes de enero.
En la biografía de Fida hay un enorme paréntesis, como un
agujero negro. En ocasiones se asoma hasta el brocal de su pozo y vuelve
a sentir aquella profunda angustia, en la que creía ahogarse y que la
llevaba inexorablemente a estallar en lágrimas. Le es imposible dejar de
percibir aquel olor de suciedad que emanaba de la comida y que le
impedía durante días probar bocado. Pero sobre todo no puede olvidar la
soledad en la que vivió durante todo el tiempo en que estuvo encerrada.
Ahora, lentamente, ha empezado a reconstruir su vida. Quiere ser
abogada.
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