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El muro
ofensivo israelí
Ignacio
Alvarez -Osorio
Profesor de estudios Arabes e Islamicos de La Universidad de
Alicante y colaborador de BAKEAZ.
Las recientes visitas de los primeros
ministros palestino, Abu Mazen, e israelí, Ariel Sharon, a la Casa Blanca
han evidenciado que la Hoja de Ruta, aunque a trancas y barrancas, ha
comenzado a dar sus primeros pasos. Gracias a ello, israelíes y palestinos
empiezan a alejarse de la retórica de la violencia y, tímidamente, se
acercan a la mesa de negociaciones.
El alto el fuego de tres meses anunciado por las organizaciones armadas
palestinas es la carta de presentación de Abu Mazen. En respuesta, el
Gobierno Sharon también ha movido ficha, como prueba el anuncio de
liberación de más de 400 presos palestinos. A pesar de estos
esperanzadores signos, un obstáculo nada despreciable parece ahora
dificultar la reanudación de las negociaciones y poner en peligro los
logros alcanzados en el curso de las últimas semanas. Se trata de lo que
los israelíes han denominado el muro defensivo: una inmensa muralla de más
de 600 kilómetros que separará Israel de los territorios palestinos.
El asunto no es ni mucho menos novedoso. La parte palestina viene
advirtiendo de la gravedad del problema desde hace más de un año, cuando
comenzaron los trabajos de construcción del primer tramo de 157
kilómetros. La alarma saltó porque este muro, lejos de buscar el objetivo
declarado por Israel de evitar los atentados terroristas, persigue la
anexión de facto de más de un 15% del territorio palestino. En lugar de
seguir la línea verde, que marca la frontera oficiosa de Israel reconocida
por la comunidad internacional desde los armisticios de Rodas de 1949, las
autoridades israelíes han decidido imponer, por su cuenta y riesgo, las
nuevas fronteras del Estado y, de paso, anexionar una parte nada
desdeñable del territorio palestino, todo ello con el argumento, por otra
parte nada novedoso, de salvaguardar la sacrosanta seguridad de Israel.
¿Cuál ha sido la actitud de la comunidad internacional ante esta decisión,
que supone una clara violación del derecho internacional y de la Cuarta
Convención de Ginebra? Como era de esperar, la respuesta de la
Administración norteamericana ha sido tardía y esquiva. El presidente Bush
señaló al respecto que el asunto es un «problema, ya que es difícil
desarrollar confianza entre israelíes y palestinos cuando hay una valla de
por medio». Tampoco la Unión Europea parece tomarse en serio este
peligroso muro, que, lejos de constituir un mero problema, podría hacer la
reconciliación israelo-palestina prácticamente imposible, dado que vacía
las negociaciones de paz de su contenido, al anexionar Israel, de manera
unilateral, parte del territorio teóricamente sujeto de negociación.
Una vez más, el lenguaje vuelve a ser perverso. El término muro defensivo
parece aludir únicamente a la necesidad de Israel de prevenir ataques
armados provenientes de los territorios palestinos. Como otros tantos
términos (operaciones quirúrgicas, daños colaterales, asesinatos
selectivos, liberación de Irak , por mencionar tan sólo unos ejemplos),
aceptados sin la menor crítica, es, sin embargo, engañoso. Es esclarecedor
conocer la percepción palestina sobre el problema. Los palestinos
prefieren denominarlo «el muro del apartheid», es decir, el muro de la
separación total entre israelíes y palestinos. Una muralla infranqueable
que, según un campesino palestino, «será el principio de nuestra pesadilla
y nos convertirá en prisioneros». O lo que es lo mismo: un nuevo hecho
consumado que contribuirá a dificultar aún más la creación de un Estado
palestino viable, soberano y con continuidad territorial plena entre todos
los territorios de Cisjordania y Gaza.
Los efectos de la construcción de dicho muro ya pueden observarse sobre el
terreno. En su primer trazado ha dejado aisladas a varias localidades
palestinas, que han quedado, por obra y gracia de la última demostración
de Las recientes visitas de los primeros ministros palestino, Abu Mazen, e
israelí, Ariel Sharon, a la Casa Blanca han evidenciado que la Hoja de
Ruta, aunque a trancas y barrancas, ha comenzado a dar sus primeros pasos.
Gracias a ello, israelíes y palestinos empiezan a alejarse de la retórica
de la violencia y, tímidamente, se acercan a la mesa de negociaciones.
El alto el fuego de tres meses anunciado por las organizaciones armadas
palestinas es la carta de presentación de Abu Mazen. En respuesta, el
Gobierno Sharon también ha movido ficha, como prueba el anuncio de
liberación de más de 400 presos palestinos. A pesar de estos
esperanzadores signos, un obstáculo nada despreciable parece ahora
dificultar la reanudación de las negociaciones y poner en peligro los
logros alcanzados en el curso de las últimas semanas. Se trata de lo que
los israelíes han denominado el muro defensivo: una inmensa muralla de más
de 600 kilómetros que separará Israel de los territorios palestinos.
El asunto no es ni mucho menos novedoso. La parte palestina viene
advirtiendo de la gravedad del problema desde hace más de un año, cuando
comenzaron los trabajos de construcción del primer tramo de 157
kilómetros. La alarma saltó porque este muro, lejos de buscar el objetivo
declarado por Israel de evitar los atentados terroristas, persigue la
anexión de facto de más de un 15% del territorio palestino. En lugar de
seguir la línea verde, que marca la frontera oficiosa de Israel reconocida
por la comunidad internacional desde los armisticios de Rodas de 1949, las
autoridades israelíes han decidido imponer, por su cuenta y riesgo, las
nuevas fronteras del Estado y, de paso, anexionar una parte nada
desdeñable del territorio palestino, todo ello con el argumento, por otra
parte nada novedoso, de salvaguardar la sacrosanta seguridad de Israel.
¿Cuál ha sido la actitud de la comunidad internacional ante esta decisión,
que supone una clara violación del derecho internacional y de la Cuarta
Convención de Ginebra? Como era de esperar, la respuesta de la
Administración norteamericana ha sido tardía y esquiva. El presidente Bush
señaló al respecto que el asunto es un «problema, ya que es difícil
desarrollar confianza entre israelíes y palestinos cuando hay una valla de
por medio». Tampoco la Unión Europea parece tomarse en serio este
peligroso muro, que, lejos de constituir un mero problema, podría hacer la
reconciliación israelo-palestina prácticamente imposible, dado que vacía
las negociaciones de paz de su contenido, al anexionar Israel, de manera
unilateral, parte del territorio teóricamente sujeto de negociación.
Una vez más, el lenguaje vuelve a ser perverso. El término muro defensivo
parece aludir únicamente a la necesidad de Israel de prevenir ataques
armados provenientes de los territorios palestinos. Como otros tantos
términos (operaciones quirúrgicas, daños colaterales, asesinatos
selectivos, liberación de Irak , por mencionar tan sólo unos ejemplos),
aceptados sin la menor crítica, es, sin embargo, engañoso. Es esclarecedor
conocer la percepción palestina sobre el problema. Los palestinos
prefieren denominarlo «el muro del apartheid», es decir, el muro de la
separación total entre israelíes y palestinos. Una muralla infranqueable
que, según un campesino palestino, «será el principio de nuestra pesadilla
y nos convertirá en prisioneros». O lo que es lo mismo: un nuevo hecho
consumado que contribuirá a dificultar aún más la creación de un Estado
palestino viable, soberano y con continuidad territorial plena entre todos
los territorios de Cisjordania y Gaza.
Los efectos de la construcción de dicho muro ya pueden observarse sobre el
terreno. En su primer trazado ha dejado aisladas a varias localidades
palestinas, que han quedado, por obra y gracia de la última demostración
de fuerza israelí, atrapadas en una zona militar cerrada e incomunicadas
de los territorios palestinos circundantes. En el caso de la norteña
ciudad de Qalqilia, el asunto es más grave, porque las autoridades
israelíes han decomisado cerca del 55% del territorio de cultivo en torno
a la ciudad, del cual viven gran parte de sus pobladores. No por
casualidad las zonas expropiadas se sitúan sobre uno de los principales
acuíferos de Cisjordania que Israel viene utilizando ilegalmente desde que
ocupó el territorio en 1967.
La preocupación palestina contrasta con la satisfacción israelí. Una
mayoría de los israelíes consideran que este muro contribuirá a frenar los
atentados terroristas y que, al mismo tiempo, favorecerá la irrupción de
un Estado palestino independiente. Esta suposición es compartida tanto por
simpatizantes del Likud como del Partido Laborista, que consideran como
una condición sine qua non para que el proceso avance la total separación
entre israelíes y palestinos, y descartan, por lo tanto, cualquier
solución basada en la coexistencia pacífica entre ambos pueblos.
De lo que no cabe duda es de que la construcción de un muro de 600
kilómetros, además del elevado coste que representaría para las arcas
israelíes -se calcula que costará un total de 1.200 millones de dólares-,
en un momento sumamente delicado para la economía del país, supondría un
golpe mortal para las aspiraciones nacionales palestinas. Para conocer el
verdadero alcance del muro no está de más citar al historiador israelí
Ilan Pappé, que advertía premonitoriamente hace ya un año de que, con la
construcción del muro, «Palestina -la entidad geopolítica por la que ha
estado luchando la OLP- estará probablemente perdida, pues la valla
completará virtualmente el proceso que comenzó el movimiento sionista en
1882 y que ha sido proseguido por Israel desde 1948: el proceso de
desarabización de la tierra de Palestina, puesto en práctica hasta el
momento mediante la colonización, la expropiación y la expulsión».
Ignacio Álvarez-Ossorio es editor del 'Informe sobre el conflicto de
Palestina' (Madrid, Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, 2003) y
coeditor junto con Isaías Barreñada de 'España y la cuestión palestina'
(Madrid, Los Libros de la Catarata, 2003).
La Verdad de Murcia
7 de agosto de 2003
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