Los palestinos y la
Hoja de Ruta
Edward W. Said
El País
La violenta
agresividad y el unilateralismo a ultranza de los equipos de
Estados Unidos e Israel son bien conocidos. El equipo
palestino que negocia la Hoja de Ruta no despierta demasiada
confianza, dado que está formado por viejos adláteres de
Arafat a los que se ha recuperado para la ocasión. De hecho,
da la impresión de que la Hoja de Ruta le ha dado nueva vida
a Yasir Arafat, a pesar de los cuidadosos esfuerzos que han
hecho Powell y sus ayudantes para evitar visitarle. Pese a
la estúpida política israelí de intentar humillarle a base
de encerrarle en un complejo que ha sufrido graves
bombardeos, Arafat sigue teniendo el control de las cosas.
Sigue siendo el presidente electo de Palestina, maneja los
hilos del dinero palestino (un dinero no demasiado
abundante) y, en cuanto a su posición, ninguno de los
miembros del equipo "reformista" actual (que consiste en
miembros reciclados de su viejo equipo, con dos o tres
añadidos importantes) puede equipararse al viejo líder en
carisma o poder.
Hablemos de Abu Mazen, por ejemplo. Le conocí en marzo de
1977, en mi primera reunión del Consejo Nacional, celebrada
en El Cairo. Su discurso fue el más largo de todos, con un
estilo didáctico que debió de perfeccionar cuando era
profesor de secundaria en Qatar; explicó a los
parlamentarios palestinos reunidos las diferencias entre el
sionismo y la disidencia sionista. Fue una intervención
destacada, porque, en aquellos tiempos, no muchos palestinos
sabían que en Israel, además de los sionistas
fundamentalistas que constituían anatema para cualquier
árabe, existían varios tipos de pacifistas y activistas. En
retrospectiva, la intervención de Abu Mazen dio pie a la
cadena de reuniones -en general, secretas- promovidas por la
OLP entre palestinos e israelíes, que mantuvieron diálogos
prolongados en Europa sobre la paz y contribuyeron de forma
considerable a que, en sus respectivas sociedades, surgieran
las bases que permitieron llegar a Oslo.
Aun así, nadie dudaba de que Arafat había autorizado el
discurso de Abu Mazen y la campaña posterior, que costó la
vida a hombres valientes como Issam Sartawi y Said Hammami.
Y, si bien los participantes palestinos procedían del centro
de la política en su comunidad (es decir, Al Fatah),
aquellos israelíes no eran más que un grupo marginal de
pacifistas criticados, cuyo valor era de elogiar
precisamente por eso. Durante los años de la OLP en Beirut,
entre 1971 y 1982, Abu Mazen estuvo destinado en Damasco,
pero luego se unió a Arafat y su equipo en su exilio de
Túnez, durante los 10 años posteriores. Le vi allí varias
veces y me llamó la atención lo bien organizado que estaba
su despacho, su estilo tranquilo de burócrata y su evidente
interés por Europa y Estados Unidos como terrenos en los que
los palestinos podían hacer una labor útil para promover la
paz con los israelíes. Después de la conferencia de Madrid,
en 1991, según se dijo, reunió a funcionarios de la OLP e
intelectuales independientes en Europa y les convirtió en
unos equipos dedicados a elaborar dossieres para negociar
temas como el agua, los refugiados, la demografía y las
fronteras, en preparación de lo que serían las reuniones
secretas de Oslo en 1992 y 1993; aunque, por lo que yo sé,
ni aquellos dossieres se utilizaron, ni los expertos
palestinos participaron directamente en las negociaciones,
ni los resultados de las investigaciones quedaron reflejados
en los documentos finales.
En Oslo, los israelíes presentaron a numerosos expertos
armados de mapas, documentos, estadísticas y, por lo menos,
17 borradores previos de lo que acabarían firmando los
palestinos, mientras que éstos, por desgracia, sólo tuvieron
como negociadores a tres hombres de la OLP totalmente
distintos, ninguno de los cuales hablaba inglés ni sabía
algo de negociaciones internacionales (ni de otro tipo). Al
parecer, la idea de Arafat era presentar un equipo para
seguir teniendo algo que decir en el proceso, sobre todo
después de su salida de Beirut y la desastrosa decisión de
alinearse con Irak durante la guerra del Golfo de 1991. Si
tenía otros objetivos, está claro que no se preparó bien
para ellos, como le ha pasado siempre. En las memorias de
Abu Mazen y en otros textos sobre los debates de Oslo se
atribuye al subordinado de Arafat el ser el "arquitecto" de
los acuerdos, pese a que nunca salió de Túnez; Abu Mazen
incluso llega a decir que, después de las ceremonias de
Washington (en las que apareció junto a Arafat, Rabin, Peres
y Clinton), le costó un año convencer a Arafat de que en
Oslo no había obtenido un Estado. Sin embargo, casi todos
los que han contado las negociaciones de paz insisten en que
era Arafat quien movía los hilos. No es de extrañar, pues,
que las negociaciones de Oslo sirvieran para empeorar la
situación global de los palestinos. El equipo
estadounidense, encabezado por Dennis Ross, antiguo empleado
de los grupos de presión israelíes -un puesto al que ahora
ha regresado-, apoyó automáticamente la posición de Israel,
que, después de toda una década de negociaciones, consistía
en devolver a los palestinos el 18% de los territorios
ocupados en condiciones muy desfavorables, puesto que las
Fuerzas de Defensa Israelíes quedaban a cargo de la
seguridad, las fronteras y el agua. Como es natural, el
número de asentamientos aumentó a más del doble.
Desde el regreso de la OLP a los territorios ocupados, en
1994, Abu Mazen ha sido un personaje de segunda fila,
universalmente conocido por su "flexibilidad" con Israel, su
servilismo ante Arafat y su falta total de una base política
organizada, pese a ser uno de los fundadores originales de
Al Fatah, miembro histórico y secretario general de su
Comité Central. Que yo sepa, nunca le han elegido para
ningún cargo, y desde luego no para el Consejo Legislativo
Palestino. La OLP y la Autoridad Palestina de Arafat no son
precisamente transparentes. Se sabe poco de cómo se toman
las decisiones, cómo se gasta o dónde está el dinero, quién
tiene voz y voto además de Arafat. Pero todo el mundo está
de acuerdo en que Arafat es un jefe diabólico y obsesionado
por el control, y sigue siendo el personaje central en todas
las cuestiones importantes. Ésa es la razón de que, para la
mayoría de los palestinos, la elevación de Abu Mazen al
rango de primer ministro reformista -que tanto satisface a
estadounidenses e israelíes- sea una especie de broma, la
forma que tiene el viejo dirigente de conservar el mismo
poder mediante nuevos trucos, por así decir. De Abu Mazen se
dice que es gris, moderadamente corrupto y carente de ideas
propias, salvo la de complacer al hombre blanco. Igual que
Arafat, Abu Mazen no ha vivido nunca más que en el Golfo,
Siria, Líbano, Túnez y, ahora, la Palestina ocupada; no
habla más idioma que el árabe, y ni es un gran orador ni
tiene gran presencia pública. Por el contrario, Mohamed
Dahlán, el nuevo jefe de seguridad de Gaza -la otra figura
tan bien recibida y en la que tantas esperanzas depositan
Israel y Estados Unidos-, es más joven, más listo y más
despiadado. Durante los ocho años en los que dirigió una de
las 14 o 15 organizaciones de seguridad de Arafat, Gaza era
conocida como Dahlanistán. Dimitió el año pasado, pero los
europeos, estadounidenses e israelíes volvieron a darle el
puesto de "jefe de seguridad unificada", a pesar de que él
también ha sido siempre un hombre de Arafat. Ahora se confía
en que acabe con Hamás y la Yihad Islámica, una de las
exigencias que hace repetidamente Israel con la esperanza de
que desencadene una especie de guerra civil palestina,
perspectiva que encantaría a su Ejército.
En cualquier caso, me parece claro que, por muy laborioso y
flexible que sea Abu Mazen a la hora de "actuar", se va a
ver limitado por tres factores. Uno, desde luego, es Arafat,
todavía con el control de Al Fatah, que, en teoría,
constituye la base de poder de Abu Mazen. Otro es Sharon
(que seguramente contará con el apoyo total de Estados
Unidos). En una lista de 14 "observaciones" sobre la Hoja de
Ruta, publicada el 27 de mayo en Ha'aretz, Sharon indicaba
los estrechos límites de lo que podría llamarse la
flexibilidad israelí.
El tercer factor lo constituyen Bush y su equipo; a juzgar
por cómo han gestionado la posguerra en Afganistán e Irak,
no tienen ni la entereza ni la capacidad necesarias para
construir una nación. La derecha cristiana que apoya a Bush
en el sur ya ha protestado ruidosamente en contra de que se
presione a Israel, y el lobby proisraelí de EE UU, muy
poderoso -con su fiel servidor, un Congreso estadounidense
lleno de judíos-, ha empezado a actuar contra cualquier
indicio de coacción a Israel, a pesar de que tales presiones
van a ser fundamentales ahora que empieza una fase tan
trascendental.
Tal vez resulte quijotesco decir que, aunque las
perspectivas inmediatas parecen sombrías para los
palestinos, no hay que ser pesimistas. Me remito a la
obstinación de la que antes hablaba y al hecho de que la
sociedad palestina -devastada, casi destruida, casi arrasada
en tantos aspectos- todavía es capaz de dominar con su alma
la penumbra creciente. Ninguna otra sociedad árabe es tan
sanamente indócil y revoltosa, ninguna está tan llena de
iniciativas cívicas y sociales y de instituciones activas
(incluido un conservatorio de música milagrosamente lleno de
vida). Aunque, en general, son desorganizados y, a veces,
tienen vidas miserables de exilio y desarraigo, los
palestinos de la diáspora todavía tienen un enérgico
compromiso con los problemas de su destino colectivo, y
todos los que conozco están siempre trabajando de alguna
forma para la causa. De toda esa energía, sólo una minúscula
fracción ha llegado a tocar la Autoridad Palestina, que,
salvo en la figura ambivalente de Arafat, siempre ha
permanecido extrañamente al margen del destino común. Según
sondeos recientes, Al Fatah y Hamás cuentan, entre las dos,
con el apoyo del 45% del electorado palestino, mientras que
el otro 55% está desarrollando unas formaciones políticas
muy distintas y de perspectivas esperanzadoras.
En concreto, hay una que me parece especialmente
significativa (y le he dado mi adhesión), porque es el único
grupo verdaderamente de base que se mantiene apartado tanto
de los partidos religiosos y su política sectaria como del
nacionalismo tradicional que proponen los viejos (más viejos
que jóvenes) activistas del Al Fatah de Arafat. Se denomina
Iniciativa Política Nacional (IPN), y su personaje central
es Mustafa Barghuti, un médico formado en Moscú, cuya
principal labor ha sido dirigir el impresionante Comité de
Auxilio Médico Rural, que ha llevado asistencia médica a más
de 100.000 palestinos que viven en el campo. Antiguo miembro
fiel del Partido Comunista, Barghuti es un organizador
discreto y un dirigente que ha superado los mil obstáculos
físicos que impiden el movimiento de los palestinos o los
viajes al extranjero para reunir prácticamente a todas las
organizaciones y personas independientes importantes en
torno a un programa político que promete la reforma social y
la liberación sin tener en cuenta las diversas tendencias
doctrinales. Barghuti no cae en la retórica convencional, y
ha trabajado con israelíes, europeos, americanos, africanos,
asiáticos y árabes para crear un movimiento de solidaridad
bien organizado que practica el pluralismo y la coexistencia
que predica. La IPN no alza las manos ante la militarización
y desorientación de la Intifada. Ofrece programas de
formación a desempleados y servicios sociales a los pobres,
con el argumento de que ésa es la respuesta a las
circunstancias actuales y a la presión israelí. Sobre todo,
la IPN, que está a punto de ser un partido político
reconocido, pretende movilizar la sociedad palestina, dentro
y fuera, para convocar unas elecciones libres, unas
elecciones auténticas que representen los intereses
palestinos, y no los de Israel o Estados Unidos. Esta
sensación de autenticidad es lo que parece faltar en los
planes trazados para Abu Mazen.
No se trata de tener un Estado provisional y artificial, con
el 40% de las tierras, los refugiados abandonados y
Jerusalén en manos de Israel, sino un territorio soberano,
liberado de la ocupación militar mediante una acción de
masas en la que participen tanto árabes como judíos siempre
que sea posible. La IPN es un movimiento verdaderamente
palestino, de ahí que la reforma y la democracia se hayan
convertido en elementos cotidianos. Ya se han adherido
muchos centenares de activistas y ciudadanos palestinos
independientes y ya se han celebrado reuniones
organizativas; hay muchas más previstas en Palestina y en el
extranjero, pese a las terribles dificultades que suponen
las restricciones de Israel a la libertad de movimientos.
Consuela pensar que, mientras siguen adelante las
negociaciones y las discusiones formales, también existen
muchas alternativas informales y de base; sus principales
componentes son, en este momento, la IPN y una campaña
internacional de solidaridad cada vez más extendida.
Edward W. Said es ensayista palestino, profesor de
Literatura comparada en la Universidad de Columbia.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia