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La rosa de
Palestina
Urariano Mota,
periodista y escritor brasileño.
Un poema de Vinícius ordena,
suplica, que "Pensem nas crianças mudas telepáticas.
Pensem nas meninas cegas
inexatas. Pensem nas mulheres rotas alteradas. Pensem nas feridas como
rosas cálidas...". Ese poema, La rosa de Hiroshima, ordena, resiste
e insiste en nuestra memoria cuando vemos la foto de Somaeah Hassan, de 6
años, abatida en la franja de Gaza. Esa flor fusilada, entre gases, con
los ojitos semicerrados, es la propia Rosa de Palestina. Contengamos la
velocidad de la mano, refrenemos la velocidad de escritura, desaceleremos
el flujo de lectura. Pedimos una pausa en el caleidoscopio, en las luces
fugaces, frívolas, vulgares del incesante ir y venir del noticiario de
todos los días. Somaeah Hassan está muerta. Calma, cierren sus bocas,
cañones calientes de las balas, suspendan la digitalización, periodistas
de los noticieros, aseguren por un instante la divulgación del más
caliente y reciente escándalo. Porque el escándalo ya está hecho. Somaeah
Hassan está muerta. En la foto, sus ojitos se niegan a comprender el
horrro de las balas que la sacarán del campo de refugiados de Rafah.
Decir que "se niegan" es sólo una manera de hablar, pues, a sus seis años,
son incapaces. Y si hubiese más tiempo, más vida, otra vida, Somaeah
comprendería y se negaría a comprender el gran horror de su pueblo cercado
como perros rabiosos. Y la rabia, en perrros, se mata, pero la rabia, en
gente tratada como perro, no se mata, solamente crece cuando matan a
criaturas como Hassan.
Refrenemos la mano. Es
difícil, pero intentémoslo.
Nos vendría bien, pide la
paz que nuestro pecho desea, un lugar común que nos ayudase, que nos
socorriese. Decir, por ejemplo, que así es la guerra, cruel como todas,
que en ella no hay santos ni demonios, que la guerra nos transforma a
todos en ángeles de las tinieblas. Dicho esto, sería mejor decir que el
terror ejercido por el estado de Israel no es más que una respuesta al
terror sufrido antes por su gente. Dicho esto, podemos decir finalmente
que el mal y el malo deben ser destruidos para que vuelva ala paz. Pero,
al llegar a ese punto, preguntamos: ¿de qué mal y de qué malos hablan
ustedes, rostros pálidos? ¿nadie notó aún que nuestra cara tiene la misma
cara y la misma sangre que la gente palestina? ¿Que ellos, los palestinos,
son nuestra propia cara? ¿Nadie notó que la desesperación del pueblo
palestino es nuestra propia desesperación en otras tierras y otras
circunstancias? La misma desesperación que todo el mundo sufre en
situaciones límite. Ahora que EE.UU. mandan a dar la vuelta al mundo a su
negro para el consumo externo, el general Colin Powell, éste se nos
aparece como un nuevo Al Jolson, con la cara tiznada. Los intereses de que
habla no son nuestros. Sirven a la misma rosa atómica que cayó sobre
Hiroshima y Nagasaki.
Entonces volvemos, más
serenos. Pero, desgracia, descubrimos serenos que no tenemos manos.
Solamente tenemos una gran letargia. Entonces quebramos el torpor,
volvemos al principio.
"A rosa hereditária, a rosa
radioativa, estúpida e inválida.
A rosa com
cirrose, a
anti-rosa atómica" sufrió una traducción en el campo de refugiados de la
franja de Gaza. Se hizo una rosa fusilada, la Rosa de Palestina, en el
cuerpito frágil de Somaeah Hassan. Esa niña nos hiere como una hijita
muerta. Ella nos habla, en árabe, en dialectos, en otro lengua, y la
comprendemos y amamos como a una hija que nuestro semen esculpió. Más aún,
como un ser esculpido por nuestro hermano. Hermano, con un sentido más
hondo que el genético, más hondo que el racial, más hondo que el nacional.
Con un sentido de hermano de hermano que es el propio sentido de la
humanidad. Hassan es nuestra propia humanidad abatida, y se abre en otras
rosas que se desplazan en Jerusalén. Rosas que en vez de pétalos tienen
carne, hígado, corazón, intestinos.
Ya secamos las lágrimas. No
nos pregunten por qué vomitamos. No querríamos tener esas Rosas de
Palestina.
22 de Julio de 2003
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