La Hoja de Ruta: ¿hacia
qué y hacia dónde?
Edward W. Said
El País
A principios
de mayo, durante su visita a Israel y los territorios
ocupados, Colin Powell mantuvo sendas entrevistas con
Mahmoud Abbas, el nuevo primer ministro palestino, y un
pequeño grupo de activistas de la sociedad civil, en el que
estaban Hanan Asrawi y Mustapha Barghuti. Según Barghuti,
Powell expresó su sorpresa y cierta consternación al ver los
mapas informatizados de los asentamientos, la valla de ocho
metros de altura y las docenas de controles del Ejército
israelí que hacen la vida tan difícil y las perspectivas de
futuro tan pesimistas para los palestinos. Pese a la augusta
posición que ocupa Powell, su visión de la realidad
palestina es, en el mejor de los casos, incompleta; no
obstante, es cierto que pidió materiales para estudiarlos y,
lo que es más importante, aseguró a los palestinos que Bush
va a consagrar a la aplicación de la Hoja de Ruta tanto
empeño como ha dedicado a Irak.
Lo mismo dijo en los últimos días de mayo el propio Bush, en
una serie de entrevistas concedidas a medios de comunicación
árabes, si bien hizo, como de costumbre, más hincapié en las
generalidades que en detalles concretos. Se reunió con los
dirigentes palestinos e israelíes en Jordania y previamente
con los principales gobernantes árabes, salvo el presidente
de Siria, Bashir el Asad, por supuesto. Toda esta actividad
parece formar parte de un gran esfuerzo por parte de Estados
Unidos. El hecho de que Ariel Sharon haya aceptado la Hoja
de Ruta (aunque con las reservas suficientes para quitarle
cierto valor a dicha aceptación), parece ser buen augurio
para la existencia de un Estado palestino viable.
La visión de Bush (una palabra que da un extraño aire de
ensueño a un plan de paz riguroso, claro y concretado en
tres fases) debe hacerse realidad gracias a la
reestructuración de la Autoridad, la eliminación de toda
violencia e incitación contra los israelíes y el
establecimiento de un Gobierno que satisfaga los requisitos
de Israel y el llamado Cuarteto (Estados Unidos, la ONU, la
UE y Rusia) autor del plan. Por su parte, Israel se
compromete a mejorar la situación desde el punto de vista
humanitario, reducir restricciones y levantar toques de
queda, aunque no se especifica cuándo ni dónde. Se supone
que, en este mes (junio de 2003), como culminación de la
Primera Fase, tendrían que desmantelarse los últimos 60
asentamientos de las colinas (los llamados "asentamientos
ilegales", establecidos desde marzo de 2001), aunque no se
dice nada de eliminar los demás, que agrupan a 200.000
colonos en Gaza y Cisjordania, para no hablar de los 200.000
judíos establecidos en Jerusalén Este. La Segunda Fase,
considerada de transición y con una duración de junio a
diciembre de 2003, debe dedicarse a estudiar, curiosamente,
"la opción de crear un Estado palestino independiente con
fronteras provisionales y atributos de soberanía" -sin
especificar-, para desembocar en una conferencia
internacional que apruebe y "cree" un Estado palestino,
también con "fronteras provisionales". La Tercera Fase debe
acabar con el conflicto de forma definitiva, asimismo
mediante una conferencia internacional cuya tarea consistirá
en encontrar acuerdos sobre los problemas más delicados: los
refugiados, los asentamientos, Jerusalén, las fronteras.
El papel de Israel en todo esto consiste en cooperar; el
verdadero esfuerzo corresponde a los palestinos, que deben
ir haciendo lo que se espera de ellos con toda rapidez,
mientras que la ocupación militar seguirá más o menos como
hasta ahora, aunque más relajada en las principales zonas
invadidas en la primavera de 2002. No se prevé ningún
elemento de vigilancia del proceso, y la engañosa simetría
de la estructura del plan permite que Israel, a la hora de
la verdad, decida cada paso sucesivo, si es que lo hay. En
cuanto a los derechos humanos de los palestinos, en la
actualidad no sólo ignorados sino sofocados, el plan no
incluye ninguna rectificación concreta; al parecer, será
también Israel el que decida si las cosas van a seguir como
hasta ahora o no.
Por una vez, dicen los comentaristas habituales, Bush ofrece
esperanzas genuinas de llegar a un acuerdo en Oriente
Próximo. Unas cuantas filtraciones deliberadas de la Casa
Blanca insinuaron que existía una lista de sanciones
posibles contra Israel si Sharon se comportara de forma
demasiado intransigente, pero inmediatamente se negó todo y
la lista desapareció. En los medios de comunicación está
cada vez más extendida la idea de que el contenido del
documento -en gran parte copiado de otros planes de paz
anteriores- es consecuencia de la nueva seguridad que tiene
Bush en sí mismo después de su triunfo en Irak.
Como ocurre con la mayoría de las discusiones sobre el
conflicto palestino-israelí, las opiniones se basan más en
clichés manipulados e hipótesis inverosímiles que en las
realidades del poder y la historia vivida. A los escépticos
y detractores se les ignora y se les acusa de
antiamericanos, y muchos dirigentes de organizaciones judías
han denunciado la Hoja de Ruta porque exige demasiadas
concesiones a los israelíes. No obstante, los grandes medios
nos recuerdan sin cesar que Sharon ha hablado de
"ocupación", cosa que nunca había reconocido hasta ahora, y
ha llegado a anunciar su intención de que Israel deje de
gobernar sobre 3,5 millones de palestinos. Ahora bien, ¿es
consciente de con qué quiere terminar? El comentarista de
Ha'aretz Gideon Levy escribió el 1 de junio que Sharon, como
la mayoría de los israelíes, no tiene ni idea de lo que es
"la vida bajo el toque de queda en comunidades que llevan
años sitiadas. ¿Qué sabe él de la humillación de los
controles, de la gente a la que se obliga a viajar por
carreteras de grava y barro, con riesgo para su vida, para
llevar a una mujer de parto al hospital? ¿De lo que es vivir
al borde de la inanición? ¿De los hogares destruidos? ¿De
los niños que ven cómo golpean y humillan a sus padres a
mitad de noche?"
Otra omisión estremecedora en la Hoja de Ruta es el
gigantesco "muro de separación" que Israel está erigiendo en
Cisjordania: 347 kilómetros de hormigón que van de norte a
sur, y de los que ya hay 120 construidos. Ocho metros de
altura y tres metros de espesor; y un coste de 1,6 millones
de dólares por kilómetro. El muro no se limita a separar
Israel de un supuesto Estado palestino según las fronteras
de 1967; además se adentra en nuevas franjas de tierra
palestina, aveces de hasta seis o siete kilómetros. Está
rodeado de trincheras, cables eléctricos y fosos; hay torres
de vigilancia a intervalos periódicos. Casi 10 años después
de que terminara el apartheid surafricano, he aquí un muro
espantoso y racista que se levanta sin el menor comentario
por parte de la mayoría de los israelíes ni sus aliados
estadounidenses, que, les guste o no, son quienes van a
sufragarlo en su mayor parte. Los 40.000 habitantes
palestinos de la ciudad de Qalqiya tienen sus hogares a un
lado del muro y la tierra que cultivan y de la que viven, al
otro. Se calcula que, cuando el muro esté acabado -se supone
que mientras Estados Unidos, Israel y los palestinos dedican
meses a discutir cuestiones de procedimiento-, casi 300.000
palestinos quedarán apartados de su tierra. La Hoja de Ruta
no dice nada de esto, ni tampoco que Sharon aprobó
recientemente un muro en la parte oriental de Cisjordania
que, si se construye, disminuirá el territorio palestino
incluido en el sueño de Bush a un 40% de la zona. Eso es lo
que pretendía Sharon desde el principio.
Detrás de la moderada aceptación del plan por parte de
Israel y el claro compromiso por parte de Estados Unidos hay
un hecho que se calla: el relativo éxito de la resistencia
palestina. Ésa es una realidad independientemente de que se
condenen o no algunos de sus métodos, su coste exorbitado y
el precio que ha pagado otra generación más de palestinos
que todavía no acaba de rendirse ante la abrumadora
superioridad del poder de Israel y Estados Unidos. Para la
elaboración de la Hoja de Ruta se han dado razones de todo
tipo: que el 56% de los israelíes están a favor, que Sharon
se ha inclinado, por fin, ante la realidad internacional,
que Bush necesita una tapadera árabe-israelí para cubrir sus
aventuras militares en otros lugares, que los palestinos han
entrado en razón y han dado el poder a Abu Mazen (nombre de
guerra de Abbas, y por el que se le conoce mucho más),
etcétera. En parte, es cierto, pero sigo pensando que, si no
fuera por la obstinada negativa de los palestinos a aceptar
que son "un pueblo derrotado", como les llamó hace poco el
jefe de Estado Mayor israelí, no existiría ningún plan de
paz. Sin embargo, quien crea que la Hoja de Ruta propone
verdaderamente algo parecido a un arreglo o aborda los
problemas fundamentales, se equivoca. Como suele ocurrir en
cuanto sale a relucir la paz, asigna la responsabilidad de
la contención, las renuncias y los sacrificios a los
palestinos, con lo que se olvida de la densidad y gravedad
de la historia palestina. Leer la Hoja de Ruta es ver un
documento fuera de contexto, aislado de su tiempo y su
situación geográfica.
En otras palabras, la Hoja de Ruta, más que un plan de paz,
es un plan de pacificación: busca cómo terminar con el
problema de Palestina. De ahí que se repita tanto el término
"actuación" en la rígida prosa del documento: es decir, qué
comportamiento se espera de los palestinos, casi en el
sentido social de la palabra. Nada de violencia, nada de
protestas, más democracia, mejores dirigentes e
instituciones, todo basado en la idea de que el problema
fundamental ha sido la ferocidad de la resistencia palestina,
y no la ocupación que le dio origen. A Israel no se le pide
nada comparable, sólo el abandono de los pequeños
asentamientos que he mencionado, los denominados "ilegales"
(una clasificación totalmente nueva que sugiere que algunos
asentamientos israelíes en territorio palestino son
legales), y la "congelación" de las grandes colonias, sí,
pero no su eliminación ni su desmantelamiento. No se dice ni
una palabra de lo que han sufrido los palestinos a manos de
Israel y Estados Unidos desde 1948, y desde 1967. Ni del
retroceso de la economía palestina que describe la
investigadora estadounidense Sara Roy en un libro de próxima
publicación. Las demoliciones de casas, los árboles
arrancados, los 5.000 o más prisioneros, la política de los
asesinatos selectos, los cierres desde 1993, el derrumbe
generalizado de las infraestructuras, el increíble número de
muertes y mutilaciones; todas estas cosas, y otras, no
merecen ni una palabra en el plan.
Edward W. Said es ensayista palestino, profesor de
Literatura Comparada en la Universidad de Columbia.
Traducción de Mª Luisa Rodríguez Tapia
10 de Junio de 2003