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Palestina: hay que actuar
Juan Goytisolo, Edgar Morin y
Sami Naïr
El País
La situación de dominación
total impuesta a los palestinos por el Gobierno de Ariel Sharon ha
alcanzado un punto intolerable. Nada, ni el pasado, ni el presente, ni el
futuro del Estado hebreo justifica las humillaciones, los asesinatos y los
bombardeos que sufren de forma indiscriminada los palestinos en los
territorios ocupados. El pueblo palestino se encuentra solo. En Europa,
los intelectuales que firman peticiones por todo, tan prestos a la hora de
dar lecciones de derechos humanos a todo el mundo, callan valientemente:
existe un doble rasero. Los Estados árabes se estancan a la hora de
emprender una acción diplomática de envergadura en solidaridad con los
palestinos. La dirección de la OLP no ha podido resistir, no ha sabido
negociar y se encuentra considerablemente debilitada. Los islamistas y los
extremistas israelíes parecen haberse puesto de acuerdo para que reine la
ley del talión. El Gobierno de unidad nacional de Israel, dirigido por
Sharon, practica masivamente una política de sangre y lágrimas. Estados
Unidos, única potencia valedora de los acuerdos de paz, ya no se opone a
aquellos que, en Israel, han programado la muerte de los acuerdos de Oslo.
Europa se refugia en su papel de proveedor de fondos y de tanto en tanto
lanza recriminaciones, pero siempre termina renunciando a actuar.
¿Qué les queda a los palestinos que han elegido la
paz? La impotencia o la resistencia. Pero la impotencia significa al final
la desaparición de la entidad palestina; la resistencia legítima ante la
violencia de la dominación israelí refuerza esta misma violencia. La
desproporción de las fuerzas entre los protagonistas de esta tragedia es
abismal.
Espiral atroz en la que mueren niños, mujeres, hombres
de ambos bandos y, sobre todo, de un bando. Unos inocentes.
Ya no es posible callarse y mantenerse pasivo.
Las fuerzas de paz, independientemente de cuál sea su
bando o país, deben unir sus voces para denunciar esta cruel situación
de terror. Las autoridades de la ONU deben declarar en peligro al pueblo
palestino, como hicieron con tanta rapidez en Kosovo. Las autoridades
europeas deben exigir el envío de una fuerza internacional de interposición
entre los protagonistas de este conflicto. Asimismo es necesario
intentarlo todo para que los israelíes, en nombre de los ideales democráticos
y del recuerdo de la terrible catástrofe que el pueblo judío padeció
durante la II Guerra Mundial, recapaciten y actúen para poner fin a la
política emprendida por su Gobierno. Esta política constituye hoy la
principal amenaza contra el mismo Israel. Hay que ser especialmente
perverso o tener una dosis increíble de mala fe para atreverse a tachar
de antisemitas, de antiisraelíes, las críticas contra la colonización,
contra la dominación de Palestina que proceden de las mentes judías e
israelíes más preclaras. ¿Acaso no exclamó el propio Simón Peres,
cuando no pertenecía al mismo Gobierno de Sharon: 'Es un deber moral
devolver a los palestinos su tierra'? Nuestro texto es un grito. Pero es
el grito de la solidaridad de los amigos de ambos pueblos. Es el grito de
quienes creen en el respeto del derecho, de la palabra dada, de la
confianza recíproca. Es el grito de quienes quieren que ambos pueblos
vivan libre y dignamente en una tierra compartida. Es el grito de quienes
están convencidos de que la única alternativa es la paz. Esto significa
el reconocimiento del derecho a un Estado palestino independiente,
soberano y libre en sus relaciones con el exterior, así como el de Israel
dentro de unas fronteras reconocidas. El principio de paz a cambio de
territorios es la única base de negociación justa. Para el futuro de
ambos pueblos hay que decir no, en contra de todas las razones de Estado,
a lo intolerable. Hay que actuar.
4 de julio de 2001
Juan Goytisolo es escritor, Edgar Morin es sociólogo y Sami
Naïr es eurodiputado. Este texto es apoyado por varias
personalidades; entre ellas, Claude Cheysson, ex ministro de Exteriores
francés; Jacques Loos, ex ministro de Exteriores luxemburgués; Luisa
Morgantini, eurodiputada italiana, y Jannis Sakellariou, eurodiputado.
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