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EL INFIERNO DE LOS PALESTINOS.
FLORA LOBATO
En mi última estancia en Oriente Medio, en Jordania más
concretamente, mis ojos se quedan estupefactos y mi espíritu se encoge
delante de la televisión, al contemplar las atrocidades que Israel comete
con el pueblo palestino.
Israel se asentó en Palestina en el año 1948 con el beneplácito de
las grandes potencias, cuando éstas abandonaron los territorios coloniales
y, desde entonces, no ha cesado de usurpar todas sus posesiones materiales
y también aquellas otras que son mucho más profundas, las que se
circunscriben en lo más intrínseco del ser, como son la dignidad, el
derecho a crecer en la propia tierra etc., etc. Israel quiere borrar de la
faz del globo terráqueo la historia del pueblo palestino y para ello ha
derruido pueblos enteros con máquinas, edificando aquí mismo viviendas
para los judíos que llegan a Israel, procedentes de distintas partes del
mundo, queriendo demostrarse a sí mismo primero y al mundo entero después
que Palestina nunca existió.
Vemos por tanto que no sólo les han arrebatado sus tierras, que son
la base sobre la que se apoya la urdimbre psicológica de todo pueblo sino
que también sus derechos más íntimos han sido y están siendo ultrajados y
violados durante todos estos años, unas veces más virulentamente que
otras, pero siempre pisoteados hasta límites inefables. La realidad va más
allá de todas las brutalidades imaginables y las imágenes que aparecen en
la televisión jordana son dantescas: hombres muertos con sus cuerpos
negros por los golpes, niños asesinados, aniquilados por el poder
aplastante cuando sus vidas están comenzando a florecer, seres, en fin, a
los que Israel está convirtiendo en héroes e incluso nos atreveríamos a
decir en mártires, dada la situación que hemos contemplado prácticamente
in situ.
Como paradigma del horror citaremos el caso concreto de un padre de
familia, de unos cuarenta años que se encontraba en su casa con sus hijos
y esposa cuando entraron los soldados israelíes y lo golpearon hasta el
hartazgo, disparándole un tiro a continuación. Este buen hombre no había
hecho nada; simplemente es palestino y los judíos quieren exterminarlos;
cuantos más asesinen menos enemigos en potencia, piensan los israelíes; y,
aunque esta conclusión nos parezca excesivamente drástica, es bastante
cierta, a tenor de los acontecimientos.
La revuelta del mes de octubre fue provocada por Ariel Sharón,
responsable entre otras muchas matanzas de las de Sabra y Shatila,
cuando éste tuvo la feliz ocurrencia de profanar junto a un grupo de tres
mil soldados armados la explanada de las mezquitas, la del Aqsa y
la denominada, Rock Dome –Cúpula de la Roca- intentando demostrar
así que ellos tienen todos los derechos y pueden allanar incluso los
lugares sagrados de los palestinos. Dichas mezquitas son emblemáticas para
todos los pueblos de religión islámica, no sólo para los árabes. Ya
sabemos que dentro de los árabes se insertan los palestinos. Estos
monumentos existen desde hace dos mil años y, además, son patrimonio de la
humanidad. Creemos, por tanto, queda suficientemente explicitado el valor
simbólico que encierran dichas mezquitas. Realmente, no importa cuál ha
sido el motivo que ha removido, una vez más, el paciente ánimo de los
palestinos hacia su opresor, lo cierto es que Israel se ha constituido
sobre la injusticia, sobre el sometimiento por la fuerza y sobre la muerte
de un pueblo y todos sabemos que hay ocasiones en las que las masas
explotan de tanta opresión, como está ocurriendo ahora.
Es una guerra donde la diferencia de medios es muy notoria; unos
poseen las armas más sofisticadas y los otros sólo tienen a su alcance
piedras. Los del grupo primero emplean un armamento con miras telescópicas
de tal modo que eligen para sus disparos las zonas estratégicas de sus
víctimas como son cerebro, corazón, etc. Los del segundo, son jóvenes que
manifiestan su desacuerdo ante el abuso israelí con piedras, como hemos
dicho. No tienen nada que perder, sólo sus vidas, y saben que si mueren,
sus cadáveres darán la vuelta al mundo en las cadenas de televisión,
esperando con ello que Occidente se conciencie de la injusticia que viven
día a día. Es lo que ha sucedido con la imagen de un padre y un hijo menor
de edad, cuando se protegían de las balas detrás de un bidón, indefensos y
en actitud totalmente pacífica, que parece ha ocupado un lugar
preponderante en los medios informativos de Europa. En el Mundo Árabe doy
fe de que así ha sido. El caso es que padre e hijo no tuvieron buena
suerte y fueron alcanzados por las balas; el niño muere y su progenitor ha
quedado inválido físicamente y nos suponemos cómo se sentirá en lo
psicológico después de haber vivido una situación como la que acabamos de
referir.
Lo expuesto hasta aquí es una ínfima parte de los horrores que está
viviendo el pueblo palestino. Los judíos poseen mucha influencia por su
economía; dominan el mundo a través de América, pero viven encima de un
volcán que ellos mismos alimentan al cometer todas las aberraciones
citadas sobre personas indefensas.
Es un hecho que el dinero controla inmensidad de aspectos del mundo
de la política, sin embargo la naturaleza del ser humano es
inconmensurable en sus reacciones y aunque los israelíes practiquen el
exterminio con los palestinos, (ironías de la historia, puesto que es lo
que los Nazis intentaron con ellos) este pueblo seguirá existiendo y como
dijo el Presidente francés, Jack Chirac, al recriminar la acción de Ariel
Sharon en las mezquitas, “el sentimiento de un pueblo no se
extingue con blindados”.
Hasta la fecha, los muertos se cuentan por centenas y los heridos
por millares entre los palestinos, mientras que entre los judíos el número
de víctimas es bajísimo, por suerte para ellos. El pueblo israelí debería
reflexionar y mirar fuera de sí para comprobar que no son los únicos
habitantes de la tierra. Hablan de paz, pero tendrían que demostrar que la
desean verdaderamente y construirla no exclusivamente para su bien sino
aceptando que sus interlocutores palestinos tienen, cuando menos, la misma
voz y los mismos derechos que ellos a instaurar un estado con un mínimo de
justicia, en un territorio que había sido suyo desde tiempos inmemoriales
y que les ha sido arrebatado por la fuerza.
Junio de 2002
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