Artículos de opinión

 

 

                                   

En Estados Unidos Sharon no tiene más que amigos

 

SERGE HALIMI

*De la redacción de Le Monde diplomatique,
Paris julio 2003

 

La idea de que la política esta­dounidense en Oriente Medio está orientada por el lobby pro-israelí denominado American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), muy activo en los corredo­res del Congreso, prácticamente ya no tiene vigencia. Esa teoría implica­ría que, si perdiera una batalla parla­mentaria, la influencia de dicha organización -que reivindica 75.000 miembros- y la del gobierno de Jeru­salén, decaerían ipso facto. Ya no es así. Ahora es la totalidad de la clase dirigente estadounidense  Casa blan­ca, Congreso, los dos principales par­tidos, la prensa y el cine (l)- la que ha construido y consolidado un sistema pro-israelí a tal punto enraizado en la vida política, social y cultural de Es­tados Unidos, que un fracaso de su parte resulta inconcebible. 

El 11 de junio de 2003, cuando parecía iniciarse el enésimo "proce­so de paz" para Oriente Medio, Ge­orge W. Bush tuvo la audacia de manifestar su "preocupación" por los ataques israelíes de la víspera contra un dirigente de Hamas. No fue una buena idea. El AIPAC -que sin embargo pocas veces ha visto en la Casa Blanca un inquilino con me­jor disposición hacia ella- denunció inmediatamente la "imparcialidad mal calculada— de los comentarios presidenciales. Utilizar el ejército para protegerse de "una bomba de tiempo" se "justifica en un 100%", agregó Robert Wexler, represen­tante demócrata Y Progresista de Florida. "Israel no tiene otra op­ción que utilizar la fuerza" opinaba Tom Lantos, líder demócrata de la comisión de Relaciones Exterio­res de la Cámara de Representantes, considerado en Estados Unidos co­mo un hombre más bien de izquier­da. Eso no le impide servir de gramófono de las posiciones del Li­kud. Si los palestinos no desarman a los "terroristas", entonces "lo hará Israel" dijo ese representante de California... 

Hace más de quince años, en 1987, otro miembro del Congreso, Mervyn Dymally, había notado que un miem­bro del Knesseth (parlamento israelí) tenía más derecho a criticar la políti­ca israelí que un parlamentario estadounidense (2). En efecto, un candidato a ocupar un puesto de res­ponsabilidad nacional en Estados Unidos, gana alineándose tras las po­siciones más extremas del gobierno israelí, de cualquier gobierno israelí. Hacer lo contrario sólo puede acarre­arle problemas. Todo el mundo lo sa­be. Las advertencias que recibieron los recalcitrantes sirvieron de lección a los demás. 

En 1982 y 1983. dos parlamenta­rios republicanos de Illinois, Paul Findley y Charles Percy, habían teni­do la desfachatez de entrevistarse con Yasser Arafat (el primero de ellos) y de aprobar la venta de avio­nes de reconocimiento AWACS a Arabia Saudita (el segundo). El AI­PAC financió ampliamente la cam­paña de sus adversarios. Los dos perdieron sus escaños (3). Veinte años más tarde el fenómeno se ha re­petido En junio y agosto de 2002, en Alabama primero, después en Geor­gia, dos parlamentarios demócratas, Cynthia McKinney y Earl Hilliard, tuvieron que batallar en las eleccio­nes primarias con candidatos más que generosamente apoyados por or­ganizaciones pro-israelíes. A pesar de que, en general, los parlamenta­rios salientes superan esa etapa electoral sin problemas, ambos re­sultaron derrotados. Los dos se con­taban entre los veintiún temerarios miembros de la Cámara de Repre­sentantes (sobre un total de 435) que se opusieron a una resolución... de apoyo a las represalias del ejército is­raelí contra palestinos acusados de complicidad colectiva con los auto­res de atentados suicidas. 

En el contexto posterior al 11 de septiembre, la técnica que permite descalificar a un parlamentario que no se adhiera suficientemente a las tesis más intransigentes del Likud , funciona a la perfección. El intrépido (y original) político seguramente va a llamar la atención; algunos esta­dounidenses de origen árabe (o mu­sulmanes) van a demostrarle su gratitud y financiar su próxima cam­paña. A partir de entonces se puede detectar la infección... Se analiza mi­nuciosamente la lista (que debe ser pública) de sus donantes, para tratar de descubrir nombres cuya sola pro­nunciación ya aterroriza: sería mila­groso no encontrar el de alguna per­sona que, alguna vez, haya sido interrogada por el FBI o que haya ayudado a alguna organización cari­tativa palestina naturalmente "vincu­lada al errorismo". Así, por ejemplo, la señora McKinney había "aceptado dinero de personas de las que se dice que eran terroristas árabes". Un prín­cipe árabe había donado 10 millones de dólares a la ciudad de Nueva York poco después de los atentados contra el World Trade Center, pero su gesto fue rechazado con desprecio por el alcalde republicano de entonces, Ru­dolph Giuliani, por el solo motivo de que la contribución estaba acompa­ñada de una crítica a la política esta­dounidense en Oriente Medio. 

En Nueva York y fuera de ella la gente toma distancia respecto de to­do lo que es árabe o musulmán. Ele­gida senadora de ese Estado en noviembre de 2000, y ya tentada por la Casa Blanca en 2008, Hillary Clinton comprendió rápidamente el problema. En 1998 había expresado su apoyo a la idea de un Estado pa­lestino. Peor aún, al año siguiente ha­bía cometido la terrible imprudencia de dejar que la esposa de Arafat le diera un beso. De por sí desaconseja­ble para una primera dama, semejan­te gesto era directamente suicida para cualquiera que tuviera arrnbicio­nes electorales en Nueva York. Pues, como explica Sidney Blumenthal, ex consejero político del presidente Clinton "un candidato demócrata de­be obtener dos tercios del voto judío de Nueva York para ganar en el Esta­do" (4). Está de más aclarar que en pocas semanas la señora Clinton corrigió algunas de sus anteriores posiciones. 

En primer lugar, descubrió que es­taba a favor de transferir la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Je­rusalén. ¿Era algo verdaderamente urgente`? Esa iniciativa, tópico recu­rrente de la política estadounidense, ya le había hecho perder a James Carter las primarias de Nueva York contra el senador Edward Kennedy, partidario de esa mudanza. Y ello en... 1980. Más recientemente, los candidatos Ronald Rcagan y Wi­Iliam Clinton habían reclamado a su vez esa transferencia. Pero ambos cumplieron dos períodos en la Casa Blanca sin que la embajada se haya movido ni un centímetro. 

Persistía la temible ofensa de ha­ber sido besada por la señora de Ara­fat. En las Memorias sumamente indigestas (pero sumamente lucrati­vas) que acaba de publicar a cambio de un adelanto de ocho millones de dólares. la ex primera dama dedica un párrafo a la cuestión. "Cuando me reuní con ella en el estrado, la seño­ra Arafat me dio un abrazo como es tradicional. Si yo hubiera sabido en­tonces las detestables palabras que acababa de pronunciar, las hubiera denunciado inmediatamente [...] Mi estadomayor de campaña logró repa­rar los daños" (5). Pero otros daños se producirían cuando se supo que la candidata demócrata había aceptado una contribución financiera de la Muslim American Alliance (que al mismo tiempo llamaba a votar por George W. Bush en la elección presi­dencial...). El dinero impuro fue de­vuelto inmediatamente, y la señora Clinton se deshizo en excusas por no haber estado más alerta.

Resulta difícil imaginar semejante intransigencia tratándose de los parti­darios más extremistas de Ariel Sha­ron. El director nacional de la Anti-Defamation League de Estados Unidos, Abraham Foxman, apenas si se siente molesto cuando dirigentes fundamentalistas protestantes descri­ben al islam como "diabólico y retor­cido", cuando califican a su profeta de "fanático con los ojos desorbitados" y hasta de "pedófilo poseído por el de­monio"; cuando algunos de esos fun­damentalistas aprueba los atentados "¿terroristas?" contra médicos que practican el aborto (siete muertos des­de 1993), cuando apoyan la discrimi­nación de los homosexuales y hasta sueñan con la segunda llegada del Mesías que anunciará la conversión o el exterminio de los judíos (6). Fox­rnan explica: "Los judíos estadouni­denses no tienen que excusarse por tratar de lograr que la derecha cristia­na apoye a Israel. Israel está sitiado y lo necesita. Es un apoyo enorme, constante e incondicional" (7). 

Semejante asimetría antiárabe es teorizada por todos los medios diri­gentes estadounidenses. "Hay una di­ferencia entre una democracia, un Estado de derecho, sean cuales sean sus imperfecciones, y una dictadura construida sobre el principio del terro­rismo", explicaba Rudolph Giuliani (8). Por lo tanto, en nombre de la "cla­ridad moral" que implicaría la lucha contra el terrorismo, todo funcionario estadounidense -aunque sea el presi­dente de la república- tiene práctica­mente prohibido exigir la más mínima concesión al gobierno de Israel. 

Cuando Bush avanzó un milímetro en esa dirección, el director editorial del Wall Street Journal, los intelectua­les meo-conservadores William Kris­tol y Robert Kagan, el ex primer ministro israelí Benjamin Netanyahu (tan omnipresente en la televisión es­tadounidense como un presentador del pronóstico meteorológico) y el se­nador demócrata y candidato a la Ca­sa Blanca Joseph Lieberman, le reprocharon inmediatamente su pér­dida de "claridad moral". Halcón en una administración de halcones, cuyo jefe calificó a Sharon de "hombre de paz", Paul Wolfowitz consiguió ser abucheado en Washington por una multitud pro-israelí. Al hablar en la tribuna donde lo habían precedido Giuliani, Hillary Clinton, Richard Gephardt, dirigente demócrata en la Cámara de Representantes, y John Sweeney, presidente de la AFL-CIO Wolfowitz había tenido el increíble atrevimiento de evocar la necesidad de un Estado palestino para los "pa­lestinos inocentes que también sufren y mueren" (9). 

En momentos en que la elección presidencial de noviembre de 2004 ya condiciona todo, George W Bush deja la mayoría de sus decisiones en manos de su consejero político, Karl Rove. Este relee cada uno de los dis­cursos del jefe de Estado, y viaja jun­to a él a Oriente Medio en mayo de 2003. Tan cínico como sus demás colegas consejeros en comunicación (10), Rove estimó que una elección dependía "totalmente de lo visual. Uno debe hacer campaña como si Estados Unidos mirara la televisión con el sonido apagado" (11). Como Bush ya tenía de su lado al electora­do militarista, sería una buena idea hacerlo pasar también por un hombre de paz. Para eso podrían servir sin duda unas lindas imágenes de apre­tones de manos en Camp David o en otros lados. 

La posición política de Bush pare­ce a priori suficientemente sólida co­mo para permitirle algunas audacias en Oriente Medio. La derecha reli­giosa votará por él aun cuando Bush regañe una vez por año a ese Sharon que ella adora. En cuanto al electora­do judío (alrededor del 4% del total) tiene peso sobre todo en Estados (con excepción de Florida) considerados feudos demócratas (Nueva York, Ca­lifornia, Massachusetts). De todas formas, como recuerdan los biógra­fos de Rove (acaban de aparecer dos libros sobre él, y ambos evocan en su título "el cerebro de Bush"...) "en una nación tan parejamente dividida co­mo lo fue en la última elección presi­dencial, Rove no está dispuesto a adoptar una política que ponga votos en peligro. Cuando impulsa un cam­bio de dirección, es porque prevé que la nueva posición servirá mejor al presidente, a los republicanos y a la causa conservadora" (12). 

Socavar las bases del adversario también es servir a la causa. Parece probable que Bush tenga más votos judíos el año próximo que en no­viembre de 2000 (entonces había ob­tenido el 19% contra el 78% para Albert Gore). Pero en Estados Uni­dos la primera elección es la prima­ria de los dólares. Y en eso el potencial de los republicanos es enorme: la mitad de quienes contri­buyen individualmente al partido de­mócrata, son judíos, a menudo los más pro-israelíes. Su aporte repre­senta el 21 % del total de las donacio­nes que recibe ese partido (en el caso del partido republicano, los fondos de origen judío representan apenas el 2,5%). Ya está visto que la próxima campaña de Bush recibirá montones de dinero (la reducción de impuestos no será una pérdida para todos...). Si Rove logra además resquebrajar uno de los principales pilares de las con­tribuciones al partido demócrata , la ventaja financiera de los republica­nos será gigantesca. Desde el 11 de septiembre se empeña en conseguir­lo, aparentemente con éxito (13). 

A esta altura, las convicciones pro­Likud de los neoconservadores que siempre se mencionan, se vuelven se­cundarias; la intención de personali­zar las políticas y la pereza mimética de la prensa explican en parte el impacto que se les atribuye. En efecto, lo que más refuerza los objetivos de los halcones israelíes es el conjunto de variables políticas, sociales, religiosas y mediáticas de Estados Unidos. La acción del "lobby" es real, pero es­tructura y organiza fuerzas que ya se desplegaban de manera espontánea. Esas fuerzas nunca fueron tan contra­rias a las esperanzas palestinas como desde el 11 de septiembre de 2001. Y Ariel Sharon lo sabe muy bien./S.H. 

(1) Según Harper's (diciembre de 1998), en el 95 de las películas en las que aparece un personaje masculino árabe, es presentado como alguien lleno de codicia, violento y deshonesto. Y eso era antes del 11 de septiembre...

(2) The New York Times, 7-7-1987. El ultraconser­vador Patrick Buchanan llegó a comparar al Congreso con un "territorio ocupado por Israel".

(3) Paul Findley, relató esa aventura en They Dare to Speak out, Lawrence Hill, Nueva York 1983.

(4) Sidney Blumenthal, The Clinton Wars, Farrar Straus and Giroux, Nueva York, 2003.

(5) Hillary Rodham Clinton, Living History, Simon and Shuster, June 2003. La descripción que hace de las negociaciones de Camp David de junio de 2000 - enero de 2001 está calcada de las tesis israelíes.

(6) Ver Ibrahim Warde, "La inquietante alianza entre la derecha cristiana americana y la judia", Le Monde diplomatique, edición española, septiembre de 2002.

(7) Abraham Foxman, "Why Evangelical Support for Israel is a Good Thing", JTA.org, 16-7-2002.

(8) Citado por The New York Times, 28-2-1999. (9) Ver David Com, "Searching for 'moral clarity'­the nation 23 de Abril de 2002

(10) Ver Fabricantes de candidatos para eleccio­nes "a la americana-', Le Monde diplomatique edición española. julio-agosto de 1999.

(11) James Moore y Wayne Slater, Bush's Bran How Karl Rove Made George W. Bush Presidential, John Wiley & Sons, Hoboken (NJ), 2003

(12) Ibidem

(13) Ver Thomas Edsall, 'Pledging Ailegiance to Bush: The GOP hopes pro-Israel policies translate into Jewish votes", The Washington Post National Weekly Edition, 6-52002.