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En Estados Unidos Sharon no tiene más que amigos
SERGE HALIMI
*De la redacción de Le Monde
diplomatique,
La idea de que la política estadounidense en Oriente Medio está orientada por el lobby pro-israelí denominado American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), muy activo en los corredores del Congreso, prácticamente ya no tiene vigencia. Esa teoría implicaría que, si perdiera una batalla parlamentaria, la influencia de dicha organización -que reivindica 75.000 miembros- y la del gobierno de Jerusalén, decaerían ipso facto. Ya no es así. Ahora es la totalidad de la clase dirigente estadounidense Casa blanca, Congreso, los dos principales partidos, la prensa y el cine (l)- la que ha construido y consolidado un sistema pro-israelí a tal punto enraizado en la vida política, social y cultural de Estados Unidos, que un fracaso de su parte resulta inconcebible. El 11 de junio de 2003, cuando parecía iniciarse el enésimo "proceso de paz" para Oriente Medio, George W. Bush tuvo la audacia de manifestar su "preocupación" por los ataques israelíes de la víspera contra un dirigente de Hamas. No fue una buena idea. El AIPAC -que sin embargo pocas veces ha visto en la Casa Blanca un inquilino con mejor disposición hacia ella- denunció inmediatamente la "imparcialidad mal calculada— de los comentarios presidenciales. Utilizar el ejército para protegerse de "una bomba de tiempo" se "justifica en un 100%", agregó Robert Wexler, representante demócrata Y Progresista de Florida. "Israel no tiene otra opción que utilizar la fuerza" opinaba Tom Lantos, líder demócrata de la comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes, considerado en Estados Unidos como un hombre más bien de izquierda. Eso no le impide servir de gramófono de las posiciones del Likud. Si los palestinos no desarman a los "terroristas", entonces "lo hará Israel" dijo ese representante de California... Hace más de quince años, en 1987, otro miembro del Congreso, Mervyn Dymally, había notado que un miembro del Knesseth (parlamento israelí) tenía más derecho a criticar la política israelí que un parlamentario estadounidense (2). En efecto, un candidato a ocupar un puesto de responsabilidad nacional en Estados Unidos, gana alineándose tras las posiciones más extremas del gobierno israelí, de cualquier gobierno israelí. Hacer lo contrario sólo puede acarrearle problemas. Todo el mundo lo sabe. Las advertencias que recibieron los recalcitrantes sirvieron de lección a los demás. En 1982 y 1983. dos parlamentarios republicanos de Illinois, Paul Findley y Charles Percy, habían tenido la desfachatez de entrevistarse con Yasser Arafat (el primero de ellos) y de aprobar la venta de aviones de reconocimiento AWACS a Arabia Saudita (el segundo). El AIPAC financió ampliamente la campaña de sus adversarios. Los dos perdieron sus escaños (3). Veinte años más tarde el fenómeno se ha repetido En junio y agosto de 2002, en Alabama primero, después en Georgia, dos parlamentarios demócratas, Cynthia McKinney y Earl Hilliard, tuvieron que batallar en las elecciones primarias con candidatos más que generosamente apoyados por organizaciones pro-israelíes. A pesar de que, en general, los parlamentarios salientes superan esa etapa electoral sin problemas, ambos resultaron derrotados. Los dos se contaban entre los veintiún temerarios miembros de la Cámara de Representantes (sobre un total de 435) que se opusieron a una resolución... de apoyo a las represalias del ejército israelí contra palestinos acusados de complicidad colectiva con los autores de atentados suicidas. En el contexto posterior al 11 de septiembre, la técnica que permite descalificar a un parlamentario que no se adhiera suficientemente a las tesis más intransigentes del Likud , funciona a la perfección. El intrépido (y original) político seguramente va a llamar la atención; algunos estadounidenses de origen árabe (o musulmanes) van a demostrarle su gratitud y financiar su próxima campaña. A partir de entonces se puede detectar la infección... Se analiza minuciosamente la lista (que debe ser pública) de sus donantes, para tratar de descubrir nombres cuya sola pronunciación ya aterroriza: sería milagroso no encontrar el de alguna persona que, alguna vez, haya sido interrogada por el FBI o que haya ayudado a alguna organización caritativa palestina naturalmente "vinculada al errorismo". Así, por ejemplo, la señora McKinney había "aceptado dinero de personas de las que se dice que eran terroristas árabes". Un príncipe árabe había donado 10 millones de dólares a la ciudad de Nueva York poco después de los atentados contra el World Trade Center, pero su gesto fue rechazado con desprecio por el alcalde republicano de entonces, Rudolph Giuliani, por el solo motivo de que la contribución estaba acompañada de una crítica a la política estadounidense en Oriente Medio. En Nueva York y fuera de ella la gente toma distancia respecto de todo lo que es árabe o musulmán. Elegida senadora de ese Estado en noviembre de 2000, y ya tentada por la Casa Blanca en 2008, Hillary Clinton comprendió rápidamente el problema. En 1998 había expresado su apoyo a la idea de un Estado palestino. Peor aún, al año siguiente había cometido la terrible imprudencia de dejar que la esposa de Arafat le diera un beso. De por sí desaconsejable para una primera dama, semejante gesto era directamente suicida para cualquiera que tuviera arrnbiciones electorales en Nueva York. Pues, como explica Sidney Blumenthal, ex consejero político del presidente Clinton "un candidato demócrata debe obtener dos tercios del voto judío de Nueva York para ganar en el Estado" (4). Está de más aclarar que en pocas semanas la señora Clinton corrigió algunas de sus anteriores posiciones. En primer lugar, descubrió que estaba a favor de transferir la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén. ¿Era algo verdaderamente urgente`? Esa iniciativa, tópico recurrente de la política estadounidense, ya le había hecho perder a James Carter las primarias de Nueva York contra el senador Edward Kennedy, partidario de esa mudanza. Y ello en... 1980. Más recientemente, los candidatos Ronald Rcagan y WiIliam Clinton habían reclamado a su vez esa transferencia. Pero ambos cumplieron dos períodos en la Casa Blanca sin que la embajada se haya movido ni un centímetro. Persistía la temible ofensa de haber sido besada por la señora de Arafat. En las Memorias sumamente indigestas (pero sumamente lucrativas) que acaba de publicar a cambio de un adelanto de ocho millones de dólares. la ex primera dama dedica un párrafo a la cuestión. "Cuando me reuní con ella en el estrado, la señora Arafat me dio un abrazo como es tradicional. Si yo hubiera sabido entonces las detestables palabras que acababa de pronunciar, las hubiera denunciado inmediatamente [...] Mi estadomayor de campaña logró reparar los daños" (5). Pero otros daños se producirían cuando se supo que la candidata demócrata había aceptado una contribución financiera de la Muslim American Alliance (que al mismo tiempo llamaba a votar por George W. Bush en la elección presidencial...). El dinero impuro fue devuelto inmediatamente, y la señora Clinton se deshizo en excusas por no haber estado más alerta. Resulta difícil imaginar semejante intransigencia tratándose de los partidarios más extremistas de Ariel Sharon. El director nacional de la Anti-Defamation League de Estados Unidos, Abraham Foxman, apenas si se siente molesto cuando dirigentes fundamentalistas protestantes describen al islam como "diabólico y retorcido", cuando califican a su profeta de "fanático con los ojos desorbitados" y hasta de "pedófilo poseído por el demonio"; cuando algunos de esos fundamentalistas aprueba los atentados "¿terroristas?" contra médicos que practican el aborto (siete muertos desde 1993), cuando apoyan la discriminación de los homosexuales y hasta sueñan con la segunda llegada del Mesías que anunciará la conversión o el exterminio de los judíos (6). Foxrnan explica: "Los judíos estadounidenses no tienen que excusarse por tratar de lograr que la derecha cristiana apoye a Israel. Israel está sitiado y lo necesita. Es un apoyo enorme, constante e incondicional" (7). Semejante asimetría antiárabe es teorizada por todos los medios dirigentes estadounidenses. "Hay una diferencia entre una democracia, un Estado de derecho, sean cuales sean sus imperfecciones, y una dictadura construida sobre el principio del terrorismo", explicaba Rudolph Giuliani (8). Por lo tanto, en nombre de la "claridad moral" que implicaría la lucha contra el terrorismo, todo funcionario estadounidense -aunque sea el presidente de la república- tiene prácticamente prohibido exigir la más mínima concesión al gobierno de Israel. Cuando Bush avanzó un milímetro en esa dirección, el director editorial del Wall Street Journal, los intelectuales meo-conservadores William Kristol y Robert Kagan, el ex primer ministro israelí Benjamin Netanyahu (tan omnipresente en la televisión estadounidense como un presentador del pronóstico meteorológico) y el senador demócrata y candidato a la Casa Blanca Joseph Lieberman, le reprocharon inmediatamente su pérdida de "claridad moral". Halcón en una administración de halcones, cuyo jefe calificó a Sharon de "hombre de paz", Paul Wolfowitz consiguió ser abucheado en Washington por una multitud pro-israelí. Al hablar en la tribuna donde lo habían precedido Giuliani, Hillary Clinton, Richard Gephardt, dirigente demócrata en la Cámara de Representantes, y John Sweeney, presidente de la AFL-CIO Wolfowitz había tenido el increíble atrevimiento de evocar la necesidad de un Estado palestino para los "palestinos inocentes que también sufren y mueren" (9). En momentos en que la elección presidencial de noviembre de 2004 ya condiciona todo, George W Bush deja la mayoría de sus decisiones en manos de su consejero político, Karl Rove. Este relee cada uno de los discursos del jefe de Estado, y viaja junto a él a Oriente Medio en mayo de 2003. Tan cínico como sus demás colegas consejeros en comunicación (10), Rove estimó que una elección dependía "totalmente de lo visual. Uno debe hacer campaña como si Estados Unidos mirara la televisión con el sonido apagado" (11). Como Bush ya tenía de su lado al electorado militarista, sería una buena idea hacerlo pasar también por un hombre de paz. Para eso podrían servir sin duda unas lindas imágenes de apretones de manos en Camp David o en otros lados. La posición política de Bush parece a priori suficientemente sólida como para permitirle algunas audacias en Oriente Medio. La derecha religiosa votará por él aun cuando Bush regañe una vez por año a ese Sharon que ella adora. En cuanto al electorado judío (alrededor del 4% del total) tiene peso sobre todo en Estados (con excepción de Florida) considerados feudos demócratas (Nueva York, California, Massachusetts). De todas formas, como recuerdan los biógrafos de Rove (acaban de aparecer dos libros sobre él, y ambos evocan en su título "el cerebro de Bush"...) "en una nación tan parejamente dividida como lo fue en la última elección presidencial, Rove no está dispuesto a adoptar una política que ponga votos en peligro. Cuando impulsa un cambio de dirección, es porque prevé que la nueva posición servirá mejor al presidente, a los republicanos y a la causa conservadora" (12). Socavar las bases del adversario también es servir a la causa. Parece probable que Bush tenga más votos judíos el año próximo que en noviembre de 2000 (entonces había obtenido el 19% contra el 78% para Albert Gore). Pero en Estados Unidos la primera elección es la primaria de los dólares. Y en eso el potencial de los republicanos es enorme: la mitad de quienes contribuyen individualmente al partido demócrata, son judíos, a menudo los más pro-israelíes. Su aporte representa el 21 % del total de las donaciones que recibe ese partido (en el caso del partido republicano, los fondos de origen judío representan apenas el 2,5%). Ya está visto que la próxima campaña de Bush recibirá montones de dinero (la reducción de impuestos no será una pérdida para todos...). Si Rove logra además resquebrajar uno de los principales pilares de las contribuciones al partido demócrata , la ventaja financiera de los republicanos será gigantesca. Desde el 11 de septiembre se empeña en conseguirlo, aparentemente con éxito (13). A esta altura, las convicciones proLikud de los neoconservadores que siempre se mencionan, se vuelven secundarias; la intención de personalizar las políticas y la pereza mimética de la prensa explican en parte el impacto que se les atribuye. En efecto, lo que más refuerza los objetivos de los halcones israelíes es el conjunto de variables políticas, sociales, religiosas y mediáticas de Estados Unidos. La acción del "lobby" es real, pero estructura y organiza fuerzas que ya se desplegaban de manera espontánea. Esas fuerzas nunca fueron tan contrarias a las esperanzas palestinas como desde el 11 de septiembre de 2001. Y Ariel Sharon lo sabe muy bien./S.H. (1) Según Harper's (diciembre de 1998), en el 95 de las películas en las que aparece un personaje masculino árabe, es presentado como alguien lleno de codicia, violento y deshonesto. Y eso era antes del 11 de septiembre... (2) The New York Times, 7-7-1987. El ultraconservador Patrick Buchanan llegó a comparar al Congreso con un "territorio ocupado por Israel". (3) Paul Findley, relató esa aventura en They Dare to Speak out, Lawrence Hill, Nueva York 1983. (4) Sidney Blumenthal, The Clinton Wars, Farrar Straus and Giroux, Nueva York, 2003. (5) Hillary Rodham Clinton, Living History, Simon and Shuster, June 2003. La descripción que hace de las negociaciones de Camp David de junio de 2000 - enero de 2001 está calcada de las tesis israelíes. (6) Ver Ibrahim Warde, "La inquietante alianza entre la derecha cristiana americana y la judia", Le Monde diplomatique, edición española, septiembre de 2002. (7) Abraham Foxman, "Why Evangelical Support for Israel is a Good Thing", JTA.org, 16-7-2002. (8) Citado por The New York Times, 28-2-1999. (9) Ver David Com, "Searching for 'moral clarity'the nation 23 de Abril de 2002 (10) Ver Fabricantes de candidatos para elecciones "a la americana-', Le Monde diplomatique edición española. julio-agosto de 1999. (11) James Moore y Wayne Slater, Bush's Bran How Karl Rove Made George W. Bush Presidential, John Wiley & Sons, Hoboken (NJ), 2003 (12) Ibidem (13) Ver Thomas Edsall, 'Pledging Ailegiance to Bush: The GOP hopes pro-Israel policies translate into Jewish votes", The Washington Post National Weekly Edition, 6-52002.
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