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Sitiada en mi barrio (carta de Palestina)
Assalamu' alaikum, Otro día cálido y sofocante. Te despiertas en una casa con electricidad esporádica. La presión del agua es demasiado baja para una buena ducha o baño para ti o tu familia. La comunidad vecina, armada hasta los dientes y que te tiene a ti y a tus seres queridos en las miras de sus fusiles, ha perforado un pozo al nivel freático de tu casa; ahora el suministro les pertenece. No hay nada que puedas hacer –tú ¿y qué ejército? Tus niños tienen hambre, están irritables, y apestan. Tratas de calmarlos, cantándoles canciones mientras les calientas restos de café y escuchas noticias, en una radio a pilas, que lo único que hacen es augurarte que tu difícil vida seguirá empeorando. Necesitas ir a la ciudad a comprar algunos alimentos y medicinas. ¿Será seguro ir hoy? No. Por tu puerta del frente perforada por balas, ves que soldados con armamento pesado han bloqueado la intersección al final de tu calle una vez más. Están prohibiéndole a todos que entren o salgan. Estarás atrapada otro día más, hambrienta, frustrada, y ansiosa por la afección cardiaca de tu padre, por el inquietante embarazo de tu hermana. ¿Cómo los llevarás al hospital cuando llegue un momento crítico o el parto? En el calor abrasador de la tarde, decides echarte una siesta y alentar a los niños quisquillosos a que hagan lo mismo. Pero apenas comienzas a descansar y escapar a un sueño irregular de la miseria y humillación de tu vida diaria, comienza de nuevo el estruendoso chirrido de las aplanadoras. Los árboles restantes en los huertos de tu familia, un recurso económico básico para toda tu comunidad, están siendo desraizados por la comunidad vecina, que quiere expandir una vez más, a expensas de tu gente, su considerable espacio destinado a viviendas –recordándote al mismo tiempo quién es el que manda aquí. Algunos muchachos adolescentes ya no aguantan más –la presión, el aburrimiento, la inseguridad, la injusticia. Se comienzan a juntar para quejarse en voz alta a los soldados en la intersección. Los soldados se ponen tensos y comienzan a tomar posiciones para entrar en acción. Uno de los muchachos lanza una piedra, y ocurre la explosión que había gravitado sobre nuestras cabezas durante todo el día: suenan disparos, vuelan botes de gas lacrimógeno, resuenan gritos y chillidos en medio de la rabia y la desesperación silenciosa que nos envuelven a todos. En menos de cinco minutos, un muchacho yace muerto, tres más están heridos. Nadie puede llevarlos al hospital. ¿Sobrevivirán sus heridas? Y si logran sobrevivir, ¿qué clase de futuro les espera en esta jaula? Tal vez es mejor morir, después de todo. La radio informa sobre un poderoso dirigente de un país extranjero que te acusa a ti y a tus niños por esta situación, llamándote a ti y a tus niños a que ceséis y desistáis de vuestra violencia. No recibes ayuda, no tienes dinero, ni servicios básicos, ni armas, y un poco de esperanza. Tienes un sentido de indignación y de asombro de que todo el mundo sea incapaz de apreciar lo injusta que es esta situación, cómo tú y tu familia están abrumados y oprimidos. Esa indignación, que arde en tu estómago vacío, es todo lo que te mantiene durante otro día interminable... ¿Si ésta fuera tu realidad diaria, inexorable, en las zonas residenciales de los suburbios y las ciudades de EE.UU., la aceptarías? ¿Esperarías que el mundo la aceptara? Probablemente no. ¿Así que, porqué alguien en el confort de una ciudad o en un suburbio residencial estadounidense puede esperar que palestinos sufriendo la ocupación consientan ser oprimidos, privados de derechos, y deshumanizados? La próxima vez que un busto parlante en los medios estadounidenses te diga que la violencia palestina debe terminar, imagínate en sus zapatos gastados y hechos jirones, y no olvides: Son tus impuestos los que permiten que esta situación continúe. Laurie King-Irani es escritora freelance, y ex redactora de Middle East Report. Su dirección es capcino@crosslink.net 18 de julio del 2001
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