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La ocupación Militar es terrorismo

 

La ocupación no toma como blanco a los combatientes, sino a las poblaciones civiles. En el caso de Israel, la ocupación de los territorios palestinos supone una forma retardada de colonialismo, que persigue el expolio de las tiernas palestinas, con el propósito de que éstas sean ocupadas ilegalmente por colonos judíos llegados de cualquier parte del mundo. Para evitar que la población palestina se oponga efectivamente a este robo (que es denominado eufemísticamente con el término de "asentamientos") ha sido encerrada en unos guettos que no tienen nada que envidiar a los batustantes que puso en marcha la Sudáfrica del apartheid o, anteriormente a los establecidos por el régimen nazi de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. La ocupación ha creado un sistema de violencia institucionalizada y premeditada que está dirigida no contra algunos individuos específicos, sino contra toda una población civil inocente que engloba a varios millones de seres humanos.

A1 enorme sufrimiento que supone la propia ocupación israelí, que requiere en todo momento de una dosis de violencia continuada para su propio mantenimiento, hay que sumar la muerte de más de 1.000 civiles inocentes, en su mayoría niños, durante los 15 meses que ya dura la intifada. Estas muertes son también la responsabilidad de aquéllos, en el gobierno y el Ejército de Israel, que han trabajado para prolongar el régimen de ocupación.

La ocupación israelí tiene, por supuesto, consecuencias económicas. En la actualidad el 80% de los habitantes de la Franja de Gaza vive por debajo de la línea de la pobreza debido a la política israelí de asedio de las ciudades palestinas. En los territorios ocupados existe una tasa de paro de un 60%. Con anterioridad al inicio de la intifada, la renta media anual de un palestino era de unos 1.500 dólares, cifra que contrasta con los 18.000 de los israelíes.

Por todo ello, no cabe otra opción que considerar que la ocupación israelí es en sí misma una actividad terrorista. Y debido al hecho de que esta ocupación se prolonga ya durante más de tres décadas y ha supuesto una violación continuada de los derechos humanos recogidos en la Carta de las Naciones Unidas y demás legislación internacional, hay que decir que nos encontramos ante la más abyecta y cruel forma de terrorismo que ha visto el mundo en las últimas décadas.

Sin embargo, los principales medios de prensa internacionales, principalmente los norteamericanos, continúan calificando de terrorismo solamente a la reacción violenta de algunas organizaciones o individuos palestinos contra esta situación de ocupación militar. El lanzamiento de un cocktail Molotov, o incluso de una simple piedra, contra un soldado ocupante israelí es calificado por estos medios de "acto de terrorismo". Estas acciones nunca son contempladas en el contexto de una ocupación militar que ha durado 34 años. No se habla de las masacres, habitualmente cometidas por soldados y colonos israelíes, del robo de tierras para la creación de asentamientos judíos, de las propiedades confiscadas, de las casas demolidas con bulldozers y explosivos, del cerco a las ciudades palestinas, de la miseria económica que es fruto de la ocupación, de la apropiación de los recursos acuíferos de los palestinos, de la destrucción de árboles y huertos, y de la continua humillación a la que ha tenido que hacer frente el pueblo palestino en este tiempo.

Si esta continuada violencia da lugar a algunos episodios puntuales de violencia de una población que ya no puede soportar más, entonces los medios hablan de "violencia inexplicable" y culpan de ella a "antiguos odios" o a "un Islam fanático". Lo cierto es que toda una generación de jóvenes palestinos ha crecido en un ambiente de violencia cotidiana y terror y ahora ellos se están rebelando, de una u otra forma, porque consideran que ya no tienen nada que perder. Sin embargo, al hacerlo así se hace recaer sobre ellos la culpa de la situación actual. No obstante,

I los únicos culpables en esta historia son aqué­llos que han creado y mantenido la ocupación.

De este modo, cuando Ariel Sharon lleva a cabo acciones militares para preservar la ocupación de los territorios palestinos y mantener su sistema de terror institucionalizado, los medios hablan de "represalias" u otro término dirigido, consciente o inconscientemente, a manipular a la opinión pública. De esta forma, la ficción persiste.

Aunque la actividad terrorista del Estado de Israel ha tenido lugar bajo todos los sucesivos gobiernos israelíes que han ocupado el poder hasta el presente, no cabe duda de que se ha hecho aún más insoportable desde que el Ariel Sharon tomó el poder en Israel el pasado mes de febrero. Ahora, si los gobiernos occidentales son serios en su propósito declarado de combatir el terrorismo deben denunciar el practicado por el gobierno de Israel contra la población palestina, y que ha tomado en las pasadas décadas la forma de una ocupación militar. Si este terrorismo no es combatido, no habrá una solución de paz para Oriente Medio.

Los gobiernos occidentales deben también frenar los intentos israelíes para crear una situación de facto que destruya para siempre cualquier expectativa de un arreglo en la región. Los ataques dirigidos contra la Autoridad Nacional Palestina y sus infraestructuras, los planes de Sharon para "traer a un millón de judíos más", y el crecimiento de los asentamientos pueden crear realidades sobre el terreno que impidan la consecución de la paz en el futuro.

Sin embargo, las cosas no parecen ir actualmente por esta vía. Los llamamientos de la Autoridad Nacional Palestina pidiendo algún tipo de protección internacional han reci­bido este mes un nuevo golpe cuando el gobierno de EEUU decidió vetar por segunda vez en el Consejo de Seguridad de la ONU el envío de una fuerza de observadores internacionales. En los últimos meses, además, un grupo de halcones proisraelíes, conocido como la "camarilla de Wolfowitz", ha estado ganando terreno en el seno de la Administración Bush e influyendo en el diseñó de su política exterior. Esto viene a sumarse a la ya influencia del lobby sionista en el Congreso norteamericano. Todo ello está teniendo repercusio­nes importantes que se traducen en un mayor apoyo estadounidense a Sharon y su política. No deja de ser irónico que EEUU continúe presionando a favor del enjuiciamiento de Milosevic, mientras apoya a otro genocida, cuyos crímenes son mucho más numerosos y deleznables que los del líder serbio.

EEUU se ha unido también al coro de voces que exige á 4 que ponga fin a la Intifada. Sin embargo, esto no es posible, porque la Intifada es algo mayor que Arafat, que Sharon y que los Acuerdos de Oslo, a los que el primer ministro israelí ha declarado ya muer­tos. La  intifada tiene que ver con el espíritu humano y su deseo de libertad. Habría que citar aquí la famosa frase de Patrick Henry:"Dadme la libertad o dadme la muerte", que puede ser aplicable perfectamente al caso de la actual situación palestina.

Sólo cuando Israel ponga fin a su ocupación de los territorios de los que se apoderó en 1967 ‑es decir, Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este‑, cumpla con las resoluciones de la ONU que le atañen y que ha estado violando durante décadas, y deje de contemplar a los pa­lestinos como seres inferiores y pase a considerarlos socios iguales en unas negociaciones de paz, podrá ésta última ser alcanzada. Mientras tanto, el baño de sangre continuará.

Editorial  de la revista Amanecer 

1 de Febrero de 2002