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Inmenso campo de concentración
La tragedia de
Gaza
Ana Luisa
Valdés
Argenpress
Emocionante
relato sobre la trágica situación de la población palestina. La
periodista confirma las denuncias que viene realizando Noam Chomsky.
No fue casual u obra de un 'loco' el asesinato de Itszak Rabin en
Israel.
El
puesto de seguridad de Erez se parece a una frontera internacional,
de un lado Israel, del otro Gaza, una delgada franja de tierra con
costas al Mar Mediterráneo. Allí viven un millón de palestinos y
ocho mil judíos. Los asentamientos judíos se han apropiado del mar.
A Mawazi, que parece ser uno de los balnearios más hermosos de Gaza,
no se puede ni entrar ni salir desde hace meses. La única excepción
son doctores y niños que van a la escuela.
Los palestinos no pueden dejar Gaza, sólo a diez mil trabajadores
zafrales se les permite salir a trabajar a Israel por el día, no
pueden dormir afuera de Gaza. La ropa y las mochilas son examinadas
con detectores de metal.
Pasamos por una fila especial con nuestros pasaportes extranjeros.
'Pierda la esperanza quien entre aquí', leyó Dante entrando en las
puertas del Infierno, en la Divina Comedia. Esa frase podría estar
grabada en Erez.
Pasamos a través de los puestos israelíes y vamos ahora adonde los
palestinos tienen su guardia. Gaza está teóricamente bajo la
autoridad palestina pero el ejército israelí controla todos los
lugares de acceso a la región. Bolsas de arena, ruido de
ametralladoras, staccato. Nuestra meta es el campo de refugiados de
Jalbalja, en donde un tanque disparó contra una multitud que se
había congregado para ver un incendio. Varios muertos, los israelíes
dicen que fue un accidente, soldados nerviosos…
Recorro el campamento, los niños nos persiguen, quieren que saquemos
fotos, nos guían, nos muestran donde estaban los muertos, en donde
empezó el incendio, aquí empieza la tierra de nadie, la frontera
entre la ciudad y el campamento, no, no se acerquen tanto, un
control impide el pasaje, los soldados están construyendo torres de
observación en hormigón armado, quieren controlar el campamento
desde arriba.
Gaza tiene una densidad de población más grande que China, nos
cuenta Amjad, que trabaja para Medical Relief, una de las
innumerables ONG que operan en Palestina. La autoridad palestina se
ha derrumbado, la débil sociedad civil sólo se mantiene por las
ONG's.
Nos muestran una mezquita destruida, los partidarios de un partido
religioso nos increpan: 'Todo el mundo reacciona con rechazo cuando
una iglesia cristiana es incendiada, cuando una sinagoga es
amenazada, pero cuando nuestras mezquitas son demolidas no reacciona
nadie'. El ruido de las ametralladoras no cesa, staccato, pausa,
ahora es el motor de un tanque que se acerca.
Sigo hasta Khan Younis y más allá todavía, al pueblito de Al-Quarrara,
en donde voy a pasar la noche. Pasaremos la noche con una familia
que vive al lado de la estrecha calle que separa al asentamiento
judío del pueblo. A los palestinos que viven allí no se les permite
salir desde la caída de la noche hasta el otro día, desde hace meses
soldados con ametralladoras y alambres de púa defienden el muro que
separa la colonia de la población palestina.
Caminamos una hora en la oscuridad absoluta, sólo la luna y las
estrellas nos guían, cuando nos acercamos al puesto de los soldados
mis compañeros de viaje encienden cigarrillos, para demostrar que
nos acercamos en paz. El día anterior fue herido un viejo pastor,
las ovejas lo llevaron demasiado cerca del alambrado.
Los dueños de casa se llaman Omar y Shabba, viven con sus cinco
hijos. Le han pedido a los escasos observadores internacionales que
están en la región a turnarse para pasar con ellos algunas noches,
se sienten más protegidos con invitados internacionales. Los
soldados disparan al aire, no, no es a nosotros, nos tranquilizan,
debe de haber sido un gato u otro animal.
Nos acurrucamos todos en la casa, en la oscuridad, los niños se
acercan y nos muestran sus juguetes, son curiosos, quieren que
saquemos fotos, no, al día siguiente, cuando haya luz. Dormimos
todos en el piso, en colchones compartidos, con la ropa puesta, los
pasaportes a mano.
Tres de mis compañeros de viaje han viajado al sur de Gaza, a Rafah,
en la frontera con Egipto, en donde los bulldozers israelíes
derrumban casas palestinas para agrandar la zona de nadie. 'Por
razones de seguridad', dicen las autoridades militares, un flagrante
delito contra la convención de Ginebra, dicen los militantes
pacifistas que con su presencia pretender paliar la situación e
impedir la destrucción de las casas.
ISM, un grupo compuesto por palestinos y americanos, ha montado un
centro en Rafah, reconstruyen las casas, protegen el único pozo de
agua de la zona. Duermen como nosotros en Quarrara, junto con la
gente, mujeres en un cuarto, hombres en otro, en Gaza la gente es
cuidadosa con eso de las costumbres. Una de mis colegas comparte el
colchón con Rachel Correy, que dos días más tarde va a ser asesinada
por un bulldozer que le pasó por encima dos veces.
Un palestino me dice cínicamente, 'Ahora los israelíes van a tener
problemas, un americano muerto no se puede ignorar.' Pero agrega
enseguida: 'Aunque ahora, con los ojos de todo el mundo en la guerra
con Irak, no van a hacer ni una investigación'.
Me acuerdo de la novela de Aldous Huxley, 'Ciego en Gaza', en ella
él describe un mundo en donde los intelectuales y los artistas toman
responsabilidades, Fue escrita 1936, Gaza nos exige lo mismo ahora.
La muerte de Rachel Correy va a cambiar el panorama de Rafah, dicen
nuestros anfitriones palestinos. Hasta que la investigación sea
hecha van a tener que disminuir el ritmo de la destrucción de las
casas, dicen algunos.
Pero ahora la mayoría tiene miedo de la deportación con la que son
amenazados desde hace mucho. Entrevisto a Adam Keller, el portavoz
del movimiento de paz israelí, Gush Shalom, está tratando de llevar
a israelíes a actuar de escudos humanos para sustituir a los
activistas internacionales 'No podemos tener gente que viene aquí
por tres meses y corre el riesgo de ser deportado, tenemos que hacer
que nuestros propios compatriotas se hagan responsables. Pero es
difícil encontrar gente que pueda estar lejos de familia y de
trabajo por varias semanas. ', suspira Keller resignado. Su pequeno
grupo hace maravillas, editan un importante boletín, 'El otro
Israel', en donde escriben escritores como Uri Avneri y Amina Hass.
Pienso en el libro de Amina Hass, 'Bebiendo el mar de Gaza', allí
describe como fue vivir en Gaza como judía y sólo recibir simpatía y
amistad. Ella eligió escribir para el diario israelí Haaretz desde
Gaza y muchas noches durmió como nosotros en casas de familias
palestinas amenazadas.
A las seis de la mañana nos despiertan, volvemos caminando a
Quarrara y decidimos ir a Gaza City, queremos encontrar a Sor Salima,
una monja italiana que vive desde hace veinticinco anos con los
refugiados. Pero nos disuaden, un helicóptero Apache acaba de matar
a un importante líder político de Hamas y la gente está excitada y
nerviosa, se teme un motín, pocos activistas internacionales se
atreven ese día a mostrarse en las calles de Gaza.
El funeral del líder de Hamas se convierte en una manifestación de
repudio a los métodos israelíes. Mi estadía en Gaza termina en el
consultorio de la doctora Mona Al-Farre, ella es jefa de varios
hospitales de campo levantados provisoriamente en los campos de
refugiados. Nos cuenta de que no tienen lugar, de que cada hora
llegan niños heridos, tiran piedras a los soldados y les responden
con gas o con balas de goma. Nos pide: 'Por favor, inviten a médicos
y a enfermeras de todo el mundo a venir a trabajar aquí. Nuestros
propios médicos palestinos no pueden entrar a Gaza. Necesitamos
voluntarios, no damos abasto.' Me voy de Gaza con la sensación de
que detrás de mí dejo a un millón de personas en una cárcel. Y los
carceleros han tirado las llaves en el Mar Mediterráneo.
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