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Del estado del estado de Israel
Juan Gelman :
Un
conocido periodista y escritor judío argentino de 70 años de edad.
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18 de Marzo 2001
Escribo
estas líneas desde el dolor y la tristeza. El viernes 2 de marzo mi
mujer Mara La Madrid y yo llegamos a Israel. Era la 1.30 de la
madrugada y a las 10 tenía lugar el entierro de mi hermana Teodora,
muerta repentinamente en Jerusalén. Conozco varias clases de
muertes: la del padre y la madre, la del hijo, pero todavía estoy
recorriendo el doloroso territorio de la muerte de una hermana.
Seguramente distinto a todos los demás. Mara y yo desembarcamos de
un vuelo de la British Airways y fuimos detenidos por la policía en
el aeropuerto Ben Gurión. Los hechos son como siguen.
Delante nuestro se sentó en el vuelo un señor de 28 o 30 años,
alto, moreno, de pelo corto y modales autoritarios, que conversaba
amigablemente con una azafata en hebreo. Bien. Ocurre. Por razones
de seguridad, algún agente ¿del Mossad? viaja en todo vuelo que
llega a Tel Aviv en compañías extranjeras que no son El-Al. Mara y
yo conversábamos sobre las declaraciones del jefe de Estado Mayor
del ejército israelí –un general de cuyo nombre no quiero
acordarme– publicadas en el Herald Tribune: afirmaba que la
Autoridad Palestina era “una entidad terrorista” y que el Estado
de Israel estaba pensando en la posibilidad de reocupar las pocas
zonas palestinas a las que había otorgado autonomía. Mara se
preguntó: “¿Qué van a hacer, van a ocupar El Líbano?” En ese
momento el señor de pelo corto se dio vuelta furioso y nos ladró
un “enough” (“basta”) que cortó nuestra conversación,
personal, de a dos y en español.
Mister Enough no se limitó al ladrido. Cuando descendimos del autobús
que nos trasladó del avión a la terminal del aeropuerto, me señaló
con el dedo a un señor de uniforme que se abalanzó sobre mí y,
sin identificarse, pidió nuestros pasaportes. Le dije que, a 30
metros del mostrador en que los pasaportes se revisan, allí los iba
a presentar porque no explicaba la razón de su exigencia. Mara se
puso en fila, pasaportes en mano, y cuando la seguí el señor de
uniforme quiso retenerme con un abrazo de oso del que me desprendí
–debo confesarlo– rojo de ira. Soy un ciudadano argentino y no
admito esa clase de comportamiento de parte de ningún uniformado.
Tal vez porque tengo una experiencia traumática –vuelvo a
confesar– con los señores de uniforme.
Afuera nos esperaba mi sobrina, que había retrasado el entierro de
su madre hasta mi llegada. Explicamos la circunstancia, pero al señor
de uniforme poco le importaban fallecimientos y entierros ajenos. Sólo
después de una hora y media dejó entrar a mi sobrina, a pesar de
mis reclamos. El señor de uniforme, que se negó a dar su nombre,
nos tuvo hasta las 5 de la mañana redactando lentamente un acta en
que nos endilgaba los siguientes “delitos”: tumulto a bordo del
avión de British Airways, desacato a la autoridad, ofensa a un
funcionario público en el ejercicio de sus funciones. Fue inútil
que preguntara quién había hecho la denuncia y en qué consistía.
“Tumulto”, en el hebreo del Estado de Israel, es una palabra muy
pesada. Sirve, por ejemplo, para calificar la actitud de un niño
palestino que arroja piedras a un tanque israelí. El único
“tumulto” en que debo haber incurrido fue la exigencia prostática
de ir al baño cuando el avión comenzaba su descenso. La presunta
denuncia de una azafata de British Airways a la que el acta se remitía
fue solicitada reiteradamente por el consulado argentino en Tel Aviv
y nunca apareció.
El hecho –grave– es que Mara y yo estuvimos detenidos más de
tres horas en el aeropuerto de Tel Aviv. El señor de uniforme
escribía sus acusaciones y yo sufría a mi hermana, su muerte, el
destino de morir en Jerusalén que le decretó la dictadura militar.
Salimos bajo caución: mi sobrina tuvo que firmar dos actas –una
contra mí, otra contra Mara, que ciertamente no fue atacada por
urgencias diuréticas como yo– por las que se obligaba a pagar
2500 dólares por cada uno si el lunes siguiente noasistíamos a una
presunta audiencia de conciliación. En ese interín, el señor de
uniforme que nos detuvo me mostró amenazadoramente un par de
esposas hablando en hebreo. Usaba el inglés cuando le convenía, el
hebreo cuando no. Sus compañeros lo llamaban Danny y, según el
“policía bueno” que apareció cuando las cosas se pusieron muy
calientes, su nombre es Daniel Yehud. A saber.
No me parece mal que viajen agentes ¿del Mossad? en los vuelos que
llegan a Israel, vista la situación. Lo que no entiendo es que esos
agentes de seguridad –exclusivamente de seguridad, según se
dice– se conviertan en una policía política que nada tiene que
envidiar a la de Hitler o Stalin. ¿En qué estamos? ¿Israel es una
democracia o qué? ¿Puede ser democrático un Estado que somete a
cerco a un millón de palestinos por la fuerza de las armas? ¿Y cómo
es posible que ahora sean sitiadores de todo un pueblo los hijos,
los nietos, los biznietos de quienes, como mi madre y sus hermanos y
su padre rabino, padecieron el cerco zarista en los ghettos, y
luego, como mis primos, el encierro en los campos de concentración
nazis? A los 8 años de edad mi madre presenció cómo los cosacos
incendiaban la vivienda familiar y cómo mi abuela iba sacando a sus
hijos de las llamas, menos a una hermanita de 2 años que murió
abrasada. ¿Y ahora esos descendientes de la persecución crean
ghettos para los palestinos, dinamitan sus casas, los sitian por
hambre, abaten sus olivos y arrasan sus cultivos cuando molestan
proyectos edilicios, usurpan sus tierras aplicando esa razón de las
bestias que es la fuerza? ¿Y qué tienen que ver con el judaísmo
esas políticas de Israel? Los judíos siempre fuimos perseguidos,
nunca perseguidores; discriminados, nunca discriminadores;
marginalizados, nunca marginadores; sitiados, nunca sitiadores. Nada
tiene que ver a estas alturas el Estado de Israel con la tradición
judía, la más democrática del mundo, creada desde abajo en la diáspora
y conservada a lo largo de los siglos.
Sé que estas opiniones serán calificadas de antisemitas por
quienes no quieren oír, ni ver, ni hablar, como los tres monos de
la India. La táctica de confundir las críticas al Estado de Israel
con el antisemitismo me recuerda la pretensión de la más reciente
dictadura militar argentina, que llamó “campaña antiargentina”
a toda denuncia de sus crímenes. Sólo me explico la tristeza
particular que las políticas genocidas del Estado de Israel me
causan porque soy verdaderamente judío. Porque una vez, de niño y
con fiebre altísima, mi padre se sentó junto a mi cama para leerme
en idish un cuento de Sholem Aleijem. Se llamaba “Das messerl”
(El cuchillito) y hablaba de los dolores del ghetto.
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