Actualidad |
![]() |
Jerusalén: la delgada línea roja Tenía que ocurrir. El así llamado proceso de
paz tenía por lógica que llegar a su fin cuando finalmente se
abordara la cuestión de Jerusalén. Jerusalén nunca ha sido un
asunto negociable. A pesar de su debilidad y de las presiones
norteamericanas e israelíes, Arafat sabía que no podía ceder nada
en el tema de los derechos palestinos en este asunto. No importa aquí
tampoco cuál sea la actitud de los regímenes árabes. Sus pueblos
nunca admitirán ninguna cesión de los derechos históricos legales
que tienen sobre Jerusalén. Yaser Arafat fue lo bastante honesto como para
confesar a Clinton que si le presionaba para ceder derechos sobre
Jerusalén, en realidad estaría obteniendo una invitación para su
propio funeral. Nadie mejor que Arafat podía conocer los
sentimientos de su pueblo. La violación, por parte de Ariel Sharon,
de los límites de la Explanada de las Mezquitas fue un acto de
provocación que dio origen a la que se ha venido en llamar la
intifada de Al Aqsa. Los gobernantes árabes, que se han mantenido
alejados durante largo tiempo del sentir de sus propios pueblos,
fueron tomados por sorpresa. Quizás el mejor ejemplo del aislamiento de
los regímenes musulmanes con respecto a sus propios pueblos fue su
intento de celebrar una cumbre para discutir lo que hacer en el tema
de Jerusalén. Ellos anunciaron el encuentro para dar la impresión
de que estaban coordinando su posición sobre el tema, pero lo
retrasaron dos semanas con la esperanza de que el problema
desaparecería por sí solo en ese tiempo. Eso hubiera hecho las
cosas más fáciles para ellos por cuanto solo habrían necesitado
el tipo de retórica habitual en orden a apaciguar los sentimientos
de su población. que inevitablemente acabarían enfriándose. Sin embargo, los hechos que han tenido lugar
son muy significativos por cuanto muestran que, a pesar de lo mucho
que el espíritu de resistencia entre los árabes y los musulmanes
pueda haber sido debilitado por los reveses anteriores y la labor de
las dictaduras que les oprimen, éste siempre resurge con fuerza
para defender los derechos inalienables sobre Jerusalén y
Palestina. La nueva Intifada ha sorprendido también a
los israelíes que creían que, con la ayuda de la Administración
Clinton, Arafat o los palestinos podrían ser presionados de tal
modo que renunciaran a tales derechos. Para ello contaban también
con la soledad de los palestinos. Egipto y Jordania ya han dejado
claro que no desean una confrontación, ni siquiera por Jerusalén.
Siria está todavía intentando llenar el vacío dejado por el
fallecimiento de Hafez el Asad. No existe ningún movimiento que
cuente con un liderazgo fuerte, aparte de Hezbollah en el Líbano.
Gracias a la ayuda norteamericana, el balance de poder militar en la
región es netamente favorable a
Israel.
Así pues, todo invitaba a pensar que los
palestinos podían acabar cediendo ante Israel. O eso deben haber
pensado los sionistas y los que les apoyan. Los sionistas han codiciado siempre Jerusalén.
Bajo la resolución de la ONU que decidió unilateralmente la
partición de Palestina en 1947, la totalidad de la ciudad de
Jerusalén o Al Quds, así como las áreas que la rodeaban, iban a
constituir un sector internacional, bajo una administración también
internacional. Los sionistas aceptaron verbalmente tal resolución,
pero no mostraron ninguna señal de querer aplicarla en la práctica.
Por el contrario, en la guerra de 1948 los israelíes intentaron
ocupar las zonas de Jerusalén que la citada resolución había
asignado a los árabes y palestinos. Sin embargo, la guerra terminó
en un armisticio antes de que ellos hubieran logrado alcanzar este
objetivo. A pesar de todo, los sionistas lograron el control de lo
que hoy ha venido en llamarse Jerusalén Occidental. La Ciudad
Vieja, o sea Jerusalén Oriental, permaneció en manos árabes hasta
1967, fecha en que fue invadida por los israelíes. Cuando el presidente egipcio Anuar El-Sadatt
firmó el tratado de Camp David con los israelíes en 1979, el
asunto de Jerusalén quedó postergado hasta unas posteriores
discusiones entre palestinos e israelíes. Asimismo, cuando Arafat
firmó los acuerdos de Oslo, el tema de Jerusalén fue de nuevo
dejado para más adelante. Sin embargo, al cabo de un tiempo las
negociaciones sobre el estatuto final de los territorios ocupados se
hicieron perentorias y la cuestión acabó por aparecer. Con una
fecha límite siguiendo a otra y con la negativa de los israelíes a
restituir a los palestinos los derechos sobre la ciudad que tanto la
historia como el Derecho Internacional (especialmente las
resoluciones 242 y 338) les confiere, la explosión era inevitable.
Era necesaria sólo una chispa (la provocación de Ariel Sharon)
para el estallido. La ciudad de Jerusalén está dividida hoy en
tres partes: la Jerusalén Occidental, la Jerusalén Oriental y la
Ciudad Vieja. Esta última representa poco más de un kilómetro
cuadrado en el corazón de la vieja municipalidad jordana, que se
extiende sobre un área de unos 6 kilómetros cuadrados. Es en esta
zona donde se encuentra la Explanada de las Mezquitas y donde los
palestinos desean instalar su capital definitiva. Ninguna parte de
ella ha pertenecido nunca a los israelíes o a los judíos, ni
siquiera el así llamado Muro de las Lamentaciones, uno de los
lugares más sagrados para los judíos. En 1937, una comisión
establecida por la Sociedad de Naciones, la antecesora de las
actuales Naciones Unidas, determinó que el área del Muro de las
Lamentaciones pertenecía a los musulmanes. En la cumbre de Camp David II se sugirió que
la soberanía sobre la Explanada de las Mezquitas podría ser
otorgada a los palestinos. Pero los israelíes no aceptaron este
punto. En un determinado momento se sugirió que la soberanía podría
ser dividida en dos: la soberanía sobre la superficie, que sería
para los palestinos, y la soberanía del terreno que se encuentra
debajo de la superficie, que correspondería a los israelíes. Naturalmente, esta sugerencia muestra los
extremos absurdos a que pueden llegar aquellos que desean cualquier
tipo de acuerdo que legitime la ocupación israelí de Jerusalén.
Para los palestinos, esto sería como si se les intentara vender el
tejado de una casa, sin adquirir ningún tipo de propiedad sobre su
estructura, suelo o el aire que existe entre las paredes. Por su parte, ni Arafat ni la Autoridad
Nacional Palestina han sacado a colación el tema de la parte
occidental de Jerusalén, ocupada por los sionistas en 1948. Sin
embargo, la mayoría de la tierra de esta área perteneció a los árabes.
Muchos de sus lugares sagrados, tanto cristianos como islámicos,
fueron destruidos con el fin de judaizar la ciudad. Un ejemplo claro de esto es el sitio que ha
sido escogido por los norteamericanos para levantar su Embajada,
cuando ésta acabe por trasladarse a Jerusalén. Este solar, de uno
31.000 metros cuadrados de extensión, esta situado a unos dos kilómetros
de la Ciudad Vieja. EEUU ha obtenido esta tierra a través de un
contrato de cesión, firmado con el Estado de Israel. Cabría
preguntarse, sin embargo, si Israel tiene derecho a ceder una tierra
que nunca le ha pertenecido. Los registro muestran que durante el
mandato británico sobre Palestina, esta tierra fue arrendada al
gobierno británico con el fin de que éste construyera en ella
barracones militares para sus tropas. El gobierno británico pagó
durante años la renta a sus legítimos propietarios. La parte menor
de ella era propiedad de 19 familias árabes, mientras que la parte
mayor era una donación hecha en 1724 por Muhammad ibn Muhammad Al-Jalili.
En 1948 los beneficiarios de esta donación eran 76 personas físicas
palestinas, que junto con las 19 mencionadas familias, eran quienes
recibían en ese tiempo la renta de las autoridades británicas. En
la actualidad, el número de herederos de aquellas personas ronda la
cifra de 1.000. ¿Cuál es el actual estatuto jurídico de
esta tierra sobre la que se levantará la nueva Embajada de EEUU en
Israel? Hay que señalar a este respecto que ella es simplemente
tierra robada por Israel y cedida posterriormente al gobierno de
EEUU. Esto coloca a éste último en la posición de recibir tierra
robada. Ni Israel tiene derecho a ceder esa tierra, ni EEUU lo tiene
a aceptarla. No se entiende en este punto por que la
Autoridad Nacional Palestina no actúa en los tribunales
norteamericanos para anular dicho acuerdo. Esto colocaría, sin
duda, al gobierno norteamericano en una posición sumamente incómoda. En lo que se refiere a Jerusalén Oriental, ésta
es una zona que ha crecido sustancialmente durante lo. años de la
ocupación, hasta alcanzar en la actualidad unos 73 kilómetros
cuadrados. Israel ha creado asentamientos judíos en toda esta área
con el fin de apoderarse de ella definitivamente. Por otro lado, ha
llevado a cabo políticas para mantener a la población árabe bajo
control. Se trata, en suma, de una política de hechos consumados
que equivale a una verdadera limpieza étnica. Los israelíes
sostienen que los palestinos no pueden esperar el retorno a las
fronteras que existían en 1967, a pesar de lo que establecen las
resoluciones de la ONU. En lo que se refiere a los árabes, ellos
deberían recordar que cuando se han comprometido realmente a luchar
por sus derechos han obtenido éxitos. Así sucedió en la Guerra de
Octubre de 1973, cuando la ofensiva egipcia y Siria tomó por
sorpresa a los israelíes y destruyó el mito de su invencibilidad.
Otro tanto cabe decir de Hezbollah, cuya larga lucha de resistencia
con el invasor acabó proporcionándole una clara victoria el año
pasado, al obligar a las tropas israelíes a retirarse del Líbano.
La Intifada de finales de los años ochenta convenció a los israelíes
de acudir a la mesa de negociaciones y sentarse con los que en otro
tiempo calificaba de "terroristas", a sabiendas de que un
movimiento popular de este tipo es imposible de controlar. En el día de hoy lo que más preocupa a
Israel es el amplio movimiento de protestas que tiene lugar en el
mundo musulmán. Si estas protestas e indignación son canalizadas
de una forma que dañe directamente los intereses israelíes, o los
de sus patrocinadores norteamericanos, ello obligaría a Israel a
adoptar un enfoque más realista. Sin embargo, la mayoría de los regímenes árabes
continúa dependiendo de EEUU para su propia existencia. Ellos son
sumamente vulnerables a la presión norteamericana. A1 estar
aislados de sus pueblos, estos regímenes sienten que no pueden
sobrevivir sin el apoyo estadounidense. Por lo tanto, su posición
no puede ser más débil. ¿Cabe ver una imagen más denigrante y
patética que la de la policía egipcia impidiendo a los estudiantes
manifestarse en las calles de El Cairo y otras ciudades egipcias en
favor de los palestinos? Cuando los manifestantes irrumpen en las
calles son reprimidos por la policía, como si el hecho de
manifestarse a favor de Palestina o en contra de Israel fuera un
delito. Muchos se preguntan a quién está realmente protegiendo la
policía egipcia. Otro tanto podría decirse de lo que ocurre en
Jordania. Es mucho lo que los árabes, los palestinos y
los que simpatizan con ellos pueden hacer. EEUU habla a menudo del
Derecho Internacional en los lugares donde le interesa. ¿Por qué
no recordarle que existen otros, como Jerusalén, donde esas mismas
normas internacionales son violadas de continuo? Cabría recordar
también a EEUU que posee muchos intereses económicos en el mundo
árabe y musulmán que podrían resultar dañados, a través por
ejemplo de un boicot, si continua actuando como el protector de
Israel. El aspecto más importante a destacar es que
la reacción de los pueblos árabes y musulmanes ha demostrado que
los derechos de los palestinos no van a ser abandonados. El
mantenimiento de esta postura requerirá , sin duda un notable
esfuerzo y también sacrificios. Sin embargo, no cabe duda de que,
al final, la liberación de las tierras palestinas
será conseguida, con independencia
del tiempo que sea necesario
|