Escritos desde Chile

 

        

 

SOBRE NUESTRA TIERRA

 

 

(“Serán las luces del alba y no tus bengalas de guerra

las que nos digan cuando recuperar la tierra”)

 

Sobre la tierra de un pueblo tan antiguo como el tiempo mismo

construyen sus ciudades tan modernas como horrendas;

y festejan la conquista,

hacen carnaval con la desdicha de un otro que para ellos no existe

e invitan a su dios al brindis de la muerte.

Sobre los suelos que habitó mi pueblo durante miles y miles de años,

ellos se congratulan mutuamente

por un siglo entero de genocidio y hambre

y luego hacen como si nada

y se marchan sonrientes a la cama,

lejos de los tanques y de los alaridos de mi gente;

duermen soñando la gloria

y amanecen dichosos de continuar la tarea.

 

Sobre una tierra robada décadas atrás

ellos intentan borrar la historia

y le mienten a sus vástagos:

dicen que siempre han estado allí,

y por si fuera poco –como si tanta porquería no bastara-,

recurren a su dios y afirman, con sello divino, haber sido elegidos para ello:

hablan de sus “sagradas misiones” y destinos ya escritos.

 

Desde una tierra que no les pertenece

ellos extienden fronteras y arrasan a otros pueblos,

pero aquello es correcto: “son elegidos de dios”,

lo dijeron sus profetas; charlatanes bíblicos,

predicadores de la infamia y las carnicerías humanas, por el bien de la humanidad.

Generaciones completas, paridas a la fuerza

para consolidar un estado que de divino no tiene nada,

salvo la tiranía y la facultad de decidir quien vive

y quien se extingue entre los escombros de las milenarias ciudades.

 

Gritando -en medio de la tierra de “los buenos y los justos”, en los suelos de occidente-

que añoran la paz, que son mundo civilizado,

democracia de uniforme en nombre del progreso,

bastión de la razón occidental, que arrasó antes la negra sabana del áfrica morena

y el continente herido descubierto el 1500;

es la misma mano criminal que evangeliza con genocidios,

robando tierras en nombre de divinidades extranjeras

que autorizan la muerte y dan rienda suelta a los anhelos de conquista

de las hordas de asesinos venidos de tan lejanas tierras.

Progreso, civilización y razón;

banderas de lucha maquillando la opresión, el despojo y la muerte.

 

Los triángulos cruzados que se oponen decoran la tierra de los antiguos

y se incrustan como dagas en corteza de la esperanza;

sus banderas flamean alto, custodiadas por morteros y patrullas de asesinos a sueldo;

sus banderas esconden la verdad y se yerguen sobre los nuestros;

los que en sus lechos, cual cadáver sin descanso que se retuerce del asco,

juramentan no dormirse hasta verla en llamas,

pudriéndose en la propia opulencia,

ahogándose en su vómito de cobardes ebrios de poder.

 

Sobre la tierra que robaron con fusiles,

hoy día apuestan sus misiles y vomitan su artillería;

modernas ciudades son motivo de orgullo:

recorren sus calles con nombres judíos,

salen a tomar un café al atardecer,

como si estuvieran en París o en Manhattan

y dicen estar en casa...

tierra prestada a la fuerza sólo por unos años más,

hasta cuando el momento justo llegue,

cuando los astros marquen el rumbo.

 

Tendrán que irse,

con el orgullo deshecho

y sus anhelos de conquista esparcidos en mil fragmentos sobre la tierra nuestra,

recuperada con la violencia de un vómito de dignidad;

derrotados como asquerosa plaga de ladrones,

como un cáncer extirpado con bala y bisturí...

tendrán que marcharse huyendo como cobardes

que sólo combaten tras las faldas del imperio;

de su amo...    de su padre.

Tendrán que tragarse sus patrañas bíblicas,

su charlatanería barata sobre la “civilización y democracia”

e ir a contar cuentos de niños a otras lejanas latitudes.

 

Ese día los pueblos del mundo comenzarán la fiesta,

azotando con las, ya rotas, cadenas de la opresión

a los guardianes de la esclavitud y el hambre.

ese día no habrá más bandera que la Libertad en Palestina,

en tanto se derrumben, como montañas de arena, las monarquías cómplices

que nacieron de la traición y la opulencia, en las tierras vecinas;

y no haya más canción que ésta, en el horizonte de los pueblos...

puedo jurarlo...

jurarlo mil veces en este instante...

es un juramento sellado con mi sangre...

 

                                                                                  Mauricio Labarca Abdala

                                                                      20 de Noviembre de 2002