|
|
|
|
Hacia los sepulcros de Palestina
Mauricio Labarca Abdala
Un canto fúnebre recorre las ciudades sitiadas por las bestias y las aves carroñeras, el cortejo se abre paso entre la muchedumbre y los cuerpos cubiertos por el amor de un pueblo avanzan hacia el sepulcro -las bestias asechan atentas, esperando ansiosas la nueva orden de fuego-. Inunda todos los rincones el canto árabe que despide a los caídos, pequeños luchadores que coronan esta resistencia, ese canto lleva también, incrustado hasta la médula, un triste llanto, terrible y desesperado y esconde preguntas formuladas, por todos, en silencio: ¿cuántos serán mañana? ¿cuántos al final del mes? ¿cuántos hasta que termine, al fin, esta pesadilla eterna de la historia? Pero el cortejo prosigue, continúa su paso cansado de tanto recorrer el camino de las tumbas. El pueblo avanza dolorido, pero intacto, abriéndose camino entre los morteros y las metrallas dispuestas ahí como un nido de serpientes. El soldado enemigo contempla la escena sin dejar de apuntar un sólo instante, mas la multitud avanza generosa, ya sin miedo de dormirse ante las ráfagas coloniales -este parece ser su destino, una profecía maldita hecha carne en la ciudad de los profetas-. Los cuerpos descansan, ahora, en sus sepulcros, pero no están en paz y no lo estarán hasta que la historia conceda su victoria y una sonrisa definitiva a este pequeño que se ríe con dolor de la comedia bíblica y sus montajes divinos y cada una de sus mentiras: "el pequeño David es hoy día el gigante que invade escupiendo, arrogante, sobre el rostro de los débiles y vomita todo el peso de su artillería ovacionado por los imperios del mundo." No habrá paz para esos muertos hasta que esta lucha vuelva cada cosa a su sitio y encuentre justicia y un digno reposo para este pueblo. Los cuerpos se quedan solos al atardecer de este día que se repite una y otra vez como una maldición que tortura la tierra santa y predice la destrucción. Las lápidas guardan grabadas las inscripciones que la historia recuerda con horror: "Deir Yassin, Kufr Qasim, Qibya, Qana, Sabra y Chatila" y una leyenda que reza para todo aquel que se detenga a leerla: "... y pese a la perplejidad de todos, el joven y pequeño de la honda, armado tan sólo de una piedra, logró vencer a su enemigo, el terrible gigante que todos llamaban Goliat, he aquí que la historia comienza lentamente a repetirse, los libros lo llevan escrito, ese gigante hoy día es judío, ese gigante hoy tiene rostro de tanque y el David, de ese pequeño que se le enfrenta con un par de piedras, sólo dos piedras... la historia lo grita hoy, la estrella de David ahora corona las matanzas y el gigante de los libros hoy es judío ¡hoy es judío, dios mío!" Abril 2002 Santiago de Chile
|