Escritos desde Chile

 

        

PRELUDIO DE LA GUERRA CONTRA LOS PUEBLOS

 

 

PRELUDIO DE LA GUERRA CONTRA LOS PUEBLOS

 

Sonarán los tambores de combate

y el silencio se posará sobre los valles,

como un alarido ahogado anunciando la guerra;

la miseria, encarnada en los cuerpos,

esconderá, vanamente, su pellejo en las pocilgas mal habidas,

hechas de cartón y de deshechos urbanos,

que las estadísticas oficiales llaman hogares,

“núcleos familiares en riesgo social...”

ahora también en riesgo de las aventuras militares y los ejercicios tácticos.

 

Las descargas se avecinan sobre el indefenso,

caen los peones del tablero, como en el ajedrez de los maestros,

la muerte viene avanzando;

sobre tu cabeza; su sombra lo cubre todo...

busca, con velocidad de muerte, una tumba cómoda,

un entierro fácil y una leyenda feliz como epitafio;

busca, siempre atento al ojo del francotirador,

un refugio seguro, una trinchera amable;

consuélate con caminar hambriento, pero vivo,

con llorar la orfandad de los desamparados,

pero doliéndote aún de los propios latidos.

 

Pronto comenzará la carnicería de “los justos”,

los profetas de una paz que cuesta la vida...

la paz del gran imperio,

sin adversarios ni hombres libres apuntando a los tiranos;

que cuesta la vida de los cadáveres ambulantes,

esclavos baratos de la subasta tercermundista;

sirvientes hambrientos de justicia, descalzos y raquíticos;

futura carne de cañón del gran negocio de la guerra;

daños colaterales o módico precio que pagar

para el motor de la millonaria industria de la muerte

explosiones humanas, como fuegos de artificio

festejando la coronación de su majestad, el señor emperador...

señor de todos los miedos

y guardián de las fortunas que los “hombres buenos” edificaron con tanto esfuerzo y trabajo...

trabajo de los esclavos de siempre, sombras humanas bajo grilletes de hiero;

esfuerzo de los que se pasaron la vida entera encerrados en las jaulas industriales,

engendrando mano de obra barata,

carne joven como alimento de los tiburones.

 

La infamia es la bandera que levantan desde hace siglos,

los parásitos panza-llena que mueven los hilos del mundo

y manchan con sangre las páginas ocultas de los libros de historia y geografía.

 

Aparece por cada rincón de este mundo,

ya sin fronteras para la muerte,

el rostro grotesco del mensajero de las corporaciones anónimas

y la banca mundial.

Nos habla de moral,

de una lucha singular entre el bien y el mal,

entre los justos y los pecadores de la incivilización y el atraso humano.

Ultimátum del imperio; mensaje para el mundo -metafórica claridad-:

mientras los cuerpos se amontonan en las esquinas de Bagdad

y estallan, por miles, escuelas, hospitales y hogares,

fragmentos humanos como destellos que iluminan la gloria de los buenos,

escombros del hambre que habitó esta tierra,

pero que ya no existe más.

 

Disputa entre el bien y el mal,

los hombres de dios contra las tropas de la perversión.

 

En tanto los cantos fúnebres se entonan en lengua árabe,

se me viene a la memoria una idea rescatada desde la infancia

que el tiempo fue cultivando, colmando de sentido y emociones:

“de existir dios,

ha de ser una especie de tirano,

anciano y regordete,

guardián del hambre y de la muerte...

de existir dios,

habría que derrocarle,

hacer añicos su corona

y también su gloria arrancarle...”

 

                                                                                Mauricio Labarca Abdala

                                                                                           20 de noviembre de 2002