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MI HERMANO MAYOR.
ANDRES GIDI
Mi hermano
mayor se llama Samuel, pero todos le dicen Sam. Vivímos en la misma casa,
pero verdaderamente no somos muy unidos. Desde pequeño me molestó su
delirio de grandeza. De lejos se podía oler su ansia de poder. Tenía
pasta de líder, eso no lo puedo negar. El problema es que nunca supo
encausar su liderazgo. Pudo ser un gran tipo. Pero tiene demasiados
defectos.
Mi hermano Sam hace mucho que perdió el norte. Los valores nunca han sido
su fuerte. El dinero es su Dios y el marketing su religión. Siempre me ha
dicho que todo tiene un precio. Si las cosas le sirven las toma, sino
simplemente las deja. Que debo vivir y dejar vivir. Que cada uno tiene su
metro cuadrado. Si el otro se pudre dentro del suyo, no es su problema.
Siempre me dijo que cada uno debía solucionar sus conflictos y que no nos
metiéramos con nadie. Algunas veces resultaba demasiado contradictorio,
sobre todo cuando un tercero le tocaba el bolsillo. Resultaba irritante
ver cuan diferente podía ser su reacción frente a situaciones idénticas,
pero que a través de su especial prisma aparecían absolutamente
distintas.
Nuestra casa tenía varias habitaciones. La crisis nos había obligado a
transformarla en una especie de residencial. Mi hermano Sam estaba a
cargo. Los habitantes en su mayoría eran inmigrantes recién llegados que
no se caracterizaban por su poder económico. Cuando los cobradores de las
grandes tiendas preguntaban por ellos, mi hermano mayor me decía que
tuviera piedad y que inventara algo rápido, que dijera que ya no vivían
ahí, que se habían ido de viaje, que tuviera compasión, que a
cualquiera le podía pasar, que los cobradores eran unos abusadores, que
estaban al borde de la usura y no sé que otras cuantas cosas. Pero ¡ay!
de aquel que no le pagase la renta a tiempo. La humanidad se le borraba de
golpe. Los echaba a patadas de la casa. Que no era problema de él que no
tuviesen a donde ir. Empezaba a gritarles y a insultarlos. Que eran unos
flojos y abusaban de su confianza. Que a él nunca le hubiese pasado. Que
eran unos delincuentes. Que era un asunto de justicia y no de humanidad.
Su ahijado, el Sión (nunca he sabido por qué le dicen así) también vivía
entre nosotros. Mi hermano le había pedido que se quedara en la casa, que
estaban pasando cosas raras. Era distinto al resto. Hablaba extraño y lucía
diferente. Aceptó gustoso, no tenía donde vivir. Se le despejó una
pieza. Sacaron a uno de los pensionistas de su espacio y tiraron sus cosas
a una bodega. Nadie le preguntó si quería cambiarse. A nadie le importó.
Los reclamos de los pensionados empezaron a ser frecuentes, especialmente
de los abusos del Sión que se aprovechaba de su posición privilegiada en
la casa. Mi hermano hacía vista gorda y esperaba que la inercia y el paso
del tiempo solucionaran todo. Cuando le reclamaban, les decía que no eran
de la familia, que por qué le tendría que importar. El problema es que
la impaciencia y la rabia se iban acumulando. El Sam nunca escuchó mis
advertencias. Le remarqué que algún día todo esto iba a estallar por
alguna parte.
Había un pensionado que llegaba más tarde que el resto. Ese día andaba
con un amigo que no era parte de la casa. Abrieron la puerta y vieron que
el Sión estaba revisando sus cosas. El viejo llamó a mi hermano. Este
salió, se encararon y comenzaron a discutir. Los gritos se escuchaban por
toda la casa. Los arrendatarios comenzaron a acercarse rápidamente a la
pieza del Sam. Entraron y vieron como el extraño acompañante del viejo
le daba una paliza. Los tuvieron que separar ante lo desmedido de la
agresión y antes de que fuera demasiado tarde.
Desde ese día, el tiempo no ha pasado en vano. Mi hermano mayor se
recupera en el hospital y el agresor enfrenta a la justicia. El Sam ha
tenido mucho tiempo para pensar. Parece que las cosas de aquí en más van
a cambiar, dentro de lo convenientemente posible para él, pero van a
cambiar.
29
de Octubre de 2001
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